El rap como expresión simple de la cultura nunca me atrajo, hasta que se me ocurrió experimentarlo. Es como el softbol, una cosa es mirarlo y otra jugarlo.
La poesía es menos digerible que la canción y muchos consideran que ciertos cantantes ricos en poesía y metáforas deberían ser (o haber sido) más populares y valorados por la masa popular. Yo los respeto y hasta disfruto algunos, pero también tengo claro que lo simple y sin ambiciones intelectuales es lo que llega realmente a la mayoría de la gente. El rap es simple, es una serie de escupidas con cierta rima y ritmo que no busca más que entretener. No está mal al fin de cuentas.
Como dije, estuve experimentando y salió esto:
¿Estoy borracho?/
Quizás emparcho/Con la cerveza/Penas de antaño
¿Seré un tacaño? /
Que en vez de vino/Whisky, ginebra/U otras rarezas
Elige un trago/De esa cerveza/Que con certeza/
Va a hacerme daño.
Me dará sueño/
Porque me empeño/En beber temprano/Tengo resaca.
No se me pasa/
Por más que trato/Y es que barato/Compro las latas.
Soy una rata/
Que espera poco/Y se siente roto/Cada mañana.
Por la ventana/
Noto que emana/Desde la calle/Gente apurada
Gente cansada/Gente confusa/Triste, difusa/
Gente parada.
Gente sentada/Gente con miedo/Puedo o no puedo/
Gente tocada.
Gente marcada/Con la palabra/Gana dinero/Casi tatuada.
Desconectada/
De lo importante/Desconcertante/Como sabiendo/
No saber nada/
De lo que piensa/De su conciencia/Desmenuzada.
No digo nada/
Nada de nada/Busco otra lata/Y escribo versos
En los desiertos /
De mi cabeza/Que ya está vieja/Tiene pereza/
Busca lo cierto/Pero no encuentra/Tras de las puertas/
Alguien despierto/
Soy un experto/Casi estoy muerto/Solo por dentro/
Y aunque me duele/
Y aunque recele/Mis facultades/Intelectuales/
¡Calamidades!
Soy un pelele
Que pierde tiempo/Y está contento
Mirando tele.
Que pasa el tiempo/Y está contento
Mirando tele.
Que pierde tiempo/Y está contento
Mirando tele.
Cruz J. Saubidet®
Blog de un escéptico servidor. "Creo que el kiwi no es una fruta" "Capaz si llegaron es porque transaron y si se mantuvieron es porque a muchos cag*ron." "Creo que Argentina ya no es lo que era, pero a mí me alcanza" "Me gusta más criticar que ser criticado, pero me controlo" "Está mal, pero para ponderar, me quedo callado"
mayo 31, 2019
marzo 05, 2019
El día que quise cubrir el cupo femenino. Parte I. (Fragmento de Una cosa lleva a la otra)
Mi empresa buscaba la permanente innovación, por eso decidí que era imprescindible incorporar mujeres. Fue difícil, no porque no hubiera chicas preparadas a delinquir, sino porque pocas de ellas estaban dispuestas a pertenecer a una organización compuesta sólo por hombres.
A Josefina la encontré un día de lluvia haciendo dedo en la autopista, al principio pensé que estaba trabajando, pero cuando me acerqué, evidencié que con ese aspecto rollinga no tenía tantas posibilidades de vender su cuerpo, o quizá sí, vaya a saber. Le decían “La china” tal vez por llamarse así o lo que fuera, el caso fue que no pude vencer la tentación de llevarla.
-Gracia, loco, me estaba recagando de frío, son todos “una manga de caretas”, nadie levanta a nadie ya en este país, es una mierda. Pero con vos todo bien, sos del palo se ve.
-¿De qué palo?
-Quiero decir que no sos careta, que no la vas de “forro” y que tirás una mano de vez en cuando.
-Parece que sí. ¿Cómo te llamás?
-¿Vos no sos el Joaquín, de la villa? Sí, ¡qué loco! Para el Juliancito sos como un Dios.
-¿Sos amiga de Julián? -Si, curtimos a veces, pero el chabón labura demasiado, nunca tiene tiempo. Si no fuera del palo pintará para “careta” como ese Martín, el rubio ese que tiene al lado.
-¿Y Martín es careta? -Y…, el chabón quiere “pintarla” de villero, pero ni ahí, se le nota que viene de casa de material. Josefina hablaba mal y mucho, tenía diecisiete años y no era fea.
Su “onda” no me resultaba atractiva, pero es posible que para Julián fuera una diosa. Me cayó muy simpática y como iba para la oficina, la llevé hasta la villa.
-¿Vas al colegio?
- A veces, pero no mucho porque debo un montón de materias de tercero y cada vez que voy, los ortivas de los profesores me quieren llenar la cabeza con que estudie y que termine el secundario. Ni ahí, no va eso conmigo, mirá que yo leo mucho y escribo bien.
-¿Para qué escribís?
-Para los otros, muchos pibes no tienen idea de cómo hacer la “o” con un vaso y yo le escribo cartas. A mi mamá le leo las cartas de mi abuela que vive en Formosa y le contesto a la viejita.
-¿Fuiste a Formosa?
-No, a mi abuela no la conozco, pero le escribí como cien cartas.
-¿Cómo conseguís guita? -No tengo un cobre, nunca, ni para el bondi. Pero a veces “empujo” a las “caretitas” de la escuela parroquial, tranqui, hago unos manguitos pero no mucho, las pendejas andan “secas” como yo.
-¿Con quien te juntás?
-¡Que se yo! Yo conozco a todos en la villa, y buena onda. Pero más que nada con Julián y los amigos.
-¿Qué podrías hacer con nosotros? De laburo, digo.
-Puedo ser la secretaria de Julián. ¡Te imaginás!
-No jodas, el día que Julián necesite secretaria, yo me jubilo.
-Era Joda, ni idea que puedo hacer.
-Pensalo, estoy cansado de que todos seamos hombres. Cruz J. Saubidet®
A Josefina la encontré un día de lluvia haciendo dedo en la autopista, al principio pensé que estaba trabajando, pero cuando me acerqué, evidencié que con ese aspecto rollinga no tenía tantas posibilidades de vender su cuerpo, o quizá sí, vaya a saber. Le decían “La china” tal vez por llamarse así o lo que fuera, el caso fue que no pude vencer la tentación de llevarla.
-Gracia, loco, me estaba recagando de frío, son todos “una manga de caretas”, nadie levanta a nadie ya en este país, es una mierda. Pero con vos todo bien, sos del palo se ve.
-¿De qué palo?
-Quiero decir que no sos careta, que no la vas de “forro” y que tirás una mano de vez en cuando.
-Parece que sí. ¿Cómo te llamás?
-¿Vos no sos el Joaquín, de la villa? Sí, ¡qué loco! Para el Juliancito sos como un Dios.
-¿Sos amiga de Julián? -Si, curtimos a veces, pero el chabón labura demasiado, nunca tiene tiempo. Si no fuera del palo pintará para “careta” como ese Martín, el rubio ese que tiene al lado.
-¿Y Martín es careta? -Y…, el chabón quiere “pintarla” de villero, pero ni ahí, se le nota que viene de casa de material. Josefina hablaba mal y mucho, tenía diecisiete años y no era fea.
Su “onda” no me resultaba atractiva, pero es posible que para Julián fuera una diosa. Me cayó muy simpática y como iba para la oficina, la llevé hasta la villa.
-¿Vas al colegio?
- A veces, pero no mucho porque debo un montón de materias de tercero y cada vez que voy, los ortivas de los profesores me quieren llenar la cabeza con que estudie y que termine el secundario. Ni ahí, no va eso conmigo, mirá que yo leo mucho y escribo bien.
-¿Para qué escribís?
-Para los otros, muchos pibes no tienen idea de cómo hacer la “o” con un vaso y yo le escribo cartas. A mi mamá le leo las cartas de mi abuela que vive en Formosa y le contesto a la viejita.
-¿Fuiste a Formosa?
-No, a mi abuela no la conozco, pero le escribí como cien cartas.
-¿Cómo conseguís guita? -No tengo un cobre, nunca, ni para el bondi. Pero a veces “empujo” a las “caretitas” de la escuela parroquial, tranqui, hago unos manguitos pero no mucho, las pendejas andan “secas” como yo.
-¿Con quien te juntás?
-¡Que se yo! Yo conozco a todos en la villa, y buena onda. Pero más que nada con Julián y los amigos.
-¿Qué podrías hacer con nosotros? De laburo, digo.
-Puedo ser la secretaria de Julián. ¡Te imaginás!
-No jodas, el día que Julián necesite secretaria, yo me jubilo.
-Era Joda, ni idea que puedo hacer.
-Pensalo, estoy cansado de que todos seamos hombres. Cruz J. Saubidet®
febrero 26, 2019
Otra canción que no fue
Días hablando en inglés
Noches de puro español
Sin tiempo de reacción
Me van dejando despierto
Y van mostrando el desierto
De unas letras sin canción
Noches de puro español
Sin tiempo de reacción
Me van dejando despierto
Y van mostrando el desierto
De unas letras sin canción
De tener que escribir versos
Que nadie ha de tararear
Me voy quedando con estos
Que nadie ha de tararear
Me voy quedando con estos
noviembre 06, 2018
Sobre relaciones con fantasmas y el Heavy Metal
A veces, las
cosas raras o simples casualidades las tomo de forma natural y me lleva años
darme cuenta de las posibilidades narrativas de la historia. Ayer estuve
escuchando AC-DC. Y caí en la cuenta de que todo acontecimiento humano tiene un
destino narrativo y está en el escribidor la responsabilidad de hacerlo
entretenido. Eso trato.
No tengo idea si
está vivo, hace un tiempo lo busqué por las redes sin suerte y cada tanto pego
una espiada, pero nada. Es un fantasma y eso tiene mucho sentido porque el Perro
siempre fue un poco hectoplasmático, desde su aspecto hasta su actitud
escurridiza y antisocial.
Hay muchas formas
de amistad, pero la más inexplicable es aquella dónde no se puede esperar
absolutamente nada del otro, ni siquiera una charla en algún momento especial.
Me gustan esos amigos, más que nada porque me obligan a comportarme igual y
entonces cada encuentro tiene algo mágico, irrepetible y espontáneo, cosa
difícil para estos tiempos de tomaydacas. Cada encuentro con el Perro corría
riesgo de ser el último hasta que lo fue aquella noche, veinte años atrás, en
el club República del Oeste. Claro que yo había tomado como el último el
anterior, seis años antes en la costanera, cuando el Perro saltó el tapial del
Lawn Tenis para afanarse pelotas de tenis, que eran una excusa más para desatar
su adrenalina. Yo lo esperé afuera y cuando volvió con tres pelotas en cada
bolsillo, caminamos hasta la orilla y las tiró al agua. Esa tarde me contó que
tenía una novia llamada Mariela y que era un poco drogadicta, un poco dijo, y si
el Perro consideraba a alguien de esa forma se trataba de algo serio. Todos los
“un pocos” del Perro equivalían a un montón de cualquier cristiano cuerdo.
Cuando se declaraba un poco en pedo, el Perro no podía caminar; un poco de
hambre del Perro significaba comerse una cebolla cruda de tres bocados.
Usualmente las
personas como el Perro me intranquilizan, siempre al borde de todas las
emociones explosivas, uno tiene la duda de si te van a pegar un tiro o clavar
un cuchillo por una pavada. Sin embargo nunca me pasó con él, algo me
tranquilizaba y aseguraba que nunca se pasaría de rosca conmigo, y nunca pasó y
lo he visto cagarse a trompadas con amigos por huevadas.
Estar con el
Perro era como escuchar Heavy Metal del bueno, esa intensidad y violencia
musical actúan como una aspiradora de la violencia propia, y eso me trajo al
Perro a la memoria, porque a mis cuarentaylargos vengo a descubrir que el
efecto de la música pesada es el contrario al que creí toda mi vida y, sin ser
fan, un buen AC-DC o Sepultura me relaja más que Jorge Drexler.
No voy a
sobrevaluar a mi amigo, no era gran tipo, era impresentable, violento, ladrón
de pavadas, borracho, tomaba cualquier droga, pero debo valorar que nunca de
los jamases me presionó ante una negativa de acompañarlo en sus vicios y hasta
alguna vez me preguntó si me jodía que se clavara una pasta estando conmigo. Mi
respuesta era la del libre albedrío, pero estaba claro que si se caía lo dejaba
tirado y me iba a la mierda. Incluso, la tarde de las pelotas de tenis, lo dejé
durmiendo contra la pared de un kiosco a las siete y me volví casa sin un
atisbo de culpa.
La noche en el
club, había acompañado a unos amigos a un recital de una banda horrible, allí
me lo encontré al Perro, igual, con ese abrazo franco y esa cerveza en la mano.
Conversamos casi sin escucharnos por el ruido, me contó que trabajaba con el
padre y alquilaba una casita cerca de la cancha de Colón. Seguía con su aspecto
fantasmagórico y seguía emanando esa paz tan violenta. En el amor andaba un
poco mal, Mariela había muerto hacía un par de años y él estaba limpio desde
ese momento, aunque ya estaba un poco podrido de su vida.
Nos despedimos a
las cuatro de la mañana, él más mamado que yo, y fue la última vez. Hasta el
momento.
Másvaleasí.
Cruz J. Saubidet®
octubre 29, 2018
"Apoyador integral de locuras ajenas" 2
Ya lo decía
Rousseau, el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, debe haber un poco de
cierto al fin de cuentas él se hizo famoso, pero hay que tener cuidado porque
la valoración al determinar lo bueno y lo malo de nuestras acciones es un
camino ancho y de difícil transito. Las cosas que dañan a los demás están mal,
eso está claro; pero muchos conceptos morales no hacen más que joderle la vida
a la gente. La gente es mala y comenta decían las vecinas del barrio Roma en
Santa Fe, que comenten nomás, casi todo es por envidia.
Esta
introducción, como se habrán dado cuenta, es para atajarme de aquellos con más
tabúes que libertades en materia sexual. Gracias a Dios, los jesuitas no
pudieron ponerme culpas por ese lado, vaya a saber por qué.
Nunca conté esta
historia, por respeto tal vez, pero no hay nada de que avergonzarse y la
protagonista me autorizó siempre y cuando cambiara su nombre.
En mi primer año
en la UNL, hice amistad con algunas personas que no eran el ejemplo a seguir en
cuanto a lo académico. Fue un error, pero ya está. Entre muchas amigas, hubo
dos con las que me sentía muy a gusto. Ambas compartían una minúscula casa
donde nunca faltaba música, cerveza y una buena conversación. Allí pasé muchas
horas, rodeado de una agradable libertad de oratoria.
Las dos chicas
eran entrerrianas, de un pueblito cerca del río Uruguay y habían compartido
escuela desde primer grado.
No eran muy
lindas mis amigas, aunque Clarabella tenía un cuerpo muy interesante, que le
gustaba exhibir bajo ajustadas camisetas y minifaldas. Cuando yo llegaba hacía
como que me agachaba y siempre comentaba el color de sus bombachas.
Las dos noviaban
con muchachos de la facultad más grandes que yo, y para mí era un alivio ya que
no estaba interesado en relaciones sentimentales de ningún tipo. Una vez,
Clarabella dijo querer probarme y sin preámbulo abusó de mi cuerpo. Estuvo muy
bien y no afectó en nada la relación ni hubo incomodidades posteriores.
En una de las
charlas madrugadas, Clarabella me comentó que su fantasía era protagonizar una
película pornográfica, y ahí salto mi instinto de “apoyador integral de locuras
ajenas” que le prometió todo el soporte que necesitara.
En un fin de
semana en Santa Fe, le comenté al hermano de un amigo que se dedicaba al
negocio audiovisual, acerca de mi amiga y su deseo. Y ahí quedó la charla.
Hasta que un mes después, mi amigo me entregó un papel de parte de su hermano.
Era un nombre y un teléfono para que le entregara a Clarabella. Así lo hice y
los días pasaron.
Una noche de
jueves, Clarabella me contó que tendría una entrevista en Santa Fe, en un par
de semanas y que necesitaba mi ayuda para prepararse.
Por supuesto que
accedí, quién se negaría a eso a los dieciocho. Durante una semana, cada noche
dedicamos tiempo a mirar películas y a practicar posiciones, movimientos y
sonidos propios de la industria del entretenimiento para adultos. Ella pedía y
hacía indicaciones y yo trataba de hacer un decoroso papel. Aprendí mucho esos
días y las enseñanzas me acompañaron el resto de mi vida. Le pregunté a
Clarabella por qué me elegía por sobre su novio para esos menesteres, la
respuesta concisa y clara fue que ella estaba enamorada y los sentimientos no
ayudan en esta industria. Estuve de acuerdo y seguimos practicando.
Clarabella fue a
la entrevista y no me permitió acompañarla, fue una lástima que no la eligieran,
creo que tenía mucho talento, posiblemente sus rasgos duros y su tez oscura le
jugaron en contra. Así y todo, le entregaron el video de la prueba y lo miramos
una noche los tres. El actor me superaba por todos lados y Clarabella hacía un
papel descollante, aplaudimos al final y brindamos con cerveza. Nunca más pasó
nada entre nosotros.
La vida siguió y
los caminos nos separaron. Cuando decidí escribir esta historia la busqué en
Facebook y nos mandamos unos mensajes. Es madre de cuatro hijos y tiene su
negocio en su pueblo natal. Me aseguró que guarda el video de la prueba y el
recuerdo de esas practicas en un rincón de su corazón.
La verdad, Cruz,
me comentó, el actor era muy grandote de todos lados pero con vos fue mucho mas
divertido.
Yo, agradecido.
octubre 23, 2018
“Apoyador integral de locuras ajenas”
Así como la mayoría de los días debo forzar mis
sentidos para encontrar una historia, esta mañana hay dos que pujan por salir y
aunque muy distintas entre sí, están conectadas en mi participación como
“apoyador integral de locuras ajenas”. Porque si un amigo viene y me comenta
sobre un emprendimiento tradicional (llamémosle poner un bar o fabricar medias
para buzos de neopreno) mi reacción va a ser técnica y el apoyo no tan
manifiesto. Sin embargo, cuando alguien me comenta una locura linda fuera de
los parámetros establecidos, mi entusiasmo crecerá hasta el grado de
convertirme en esa última gota necesaria en cada decisión. Tuve que tirar la
moneda y la suerte se decidió por el Polaco.
Tomasz Nowak Cerrudo o el gringo Cerrudo o el
polaco Tomi, allá en los albores de los noventas, era un hombre de treinta y pocos
años, rubio, ojos claros, de aspecto de heladera antigua, dientes y orejas
grandes y bigote estilo pizzero Italiano. Andaba en una F100 nueva con unos cuernos
texanos en el paragolpes, cosa que provocaba algunas burlas de los gauchescos y
simpatía de mi parte. El polaco vivía con su madre en un campo sobre la ruta
que va de San Cristóbal a Tostado, entre Santurce y La Cabral. Tierras malas y salinizas
pero que bien manejadas pueden aguantar una vaca cada tres hectáreas. Claro que
el polaco no estaba interesado en los bobinos y alquilaba sus seis mil
quinientas hectáreas a su vecino. Su mundo eran el casco de la estancia y unas
cien hectáreas alrededor.
El padre del Polaco tampoco era muy laburador,
aunque la casa era una maravilla, no a la vista sino en innovaciones
tecnológicas y mecánicas. Esa chispa estaba en su hijo que continuando la
tradición siguió agregando elementos extraños e interesantes a su morada. El
viejo Nowak se había matado en el 85 al estrellar su avioneta contra un molino
mientras practicaba acrobacias para la fiesta del pueblo. Murió en su ley
dijeron sus amigos del aeroclub quizás aliviados ante la posibilidad de poner
en peligro a la población con piruetas aéreas demasiado osadas. El Polaco, ante
la orfandad, decidió dejar la universidad de ciencias exactas en Córdoba e
instalarse con su madre.
Una mañana, yendo yo para Aguará, paré a
auxiliarlo de una pinchadura múltiple de ruedas. Cómo no tenía más ruedas de
auxilio, lo llevé hasta su estancia. Ya me llamó la atención que tuviera un
vaso térmico de café, aunque al ver su casa el vaso perdió magnitud. Había
cuatro galpones diseminados alrededor de la casa y un tinglado gigante con dos
avionetas.
En uno de los galpones estaba el taller mecánico,
digno de envidia de cualquiera que yo conociera, con máquinas inexplicables y
dos fosas impecables. Descansaban un Volvo rural viejo pero reluciente y un
Jeep con ruedas desproporcionadas. En pocos minutos reparó las ruedas pinchadas
y lo llevé de nuevo hasta la ruta. Al despedirnos me regaló el vaso-termo de
café y me invitó a pasar cuando quisiera.
Así nos hicimos amigos, de encuentros de cervezas
en la Shell de la entrada del pueblo, en el boliche y hasta compartiendo alguna
pesca en el Salado. El Polaco siempre buscaba algo nuevo, había viajado mucho por
el mundo y como sus finanzas estaban cubiertas ocupaba sus horas con inventos y
teorías interesantes. Y así, tirada al azar, me comentó sobre la idea de crear
el órgano de tubos más grande del mundo. El polaco había visitado el Boardwalk
Hall en Atlantic City (yo estuve en 2007) y otro mega órgano en
Filadelfia y sabía que no podía hacer algo así para superar el Guinness Record,
pero, usando chapas de zinc y motores eléctricos quizás podría entrar a los record
como el órgano de dos octavas con tubos más grandes y sonido más potente del
mundo. Por supuesto que yo apoyé la idea y me comprometí a asistirlo en la
construcción. La inversión era interesante aunque no dañaría las arcas de la
familia Nowak Cerrudo, o no tanto ya que el polaco contrató a dos antenistas,
un tornero, un chapista de autos, tres atorrantes del pueblo y al único
afinador de pianos de la zona. Se colocaron ocho antenas de entre 115 y 80
metros separadas seis metros unas de otras, en cada una se insertaría dos o
tres tubos de acuerdo a la escala musical. Yo pasaba un par de veces por semana
para chequear los avances y cada visita me maravillaba la magnitud de la obra.
Los tubos iban desde los 2 metros de diámetro hasta los sesenta centímetros y
las alturas variaban aunque todos eran imponentes. Entre todas las opciones, el
polaco había elegido hacer tubos labiales y durante meses el piso del tinglado
estuvo cubierto de flautas gigantes que serían la última parte a instalar. Bajo
cada antena, un compresor eléctrico proporcionaría el viento necesario para
tres tubos. En un acoplado colocó el teclado y el panel eléctrico.
Desde la ruta podían apreciarse los tubos brillantes
y varios curiosos se acercaron y tomaron fotos que a su vez vieron periodistas
que también vinieron a observar la obra. Luego de dieciséis meses el órgano
estaba listo y había que probarlo. Claro que ni el polaco ni yo sabíamos tocar
mucho el piano, así que los primeros sonidos que escupió la estructura fue el
cumpleaños feliz, básico, sin acordes, las notas nomás, que nos dejaron
satisfechos aunque un poco sordos. El sonido era realmente potente.
El fin de semana de la fiesta del caballo en San
Cristóbal, invitamos a todos los que quisieran a la inauguración, incluyendo
choripanes, cerveza y música en vivo. Vinieron cerca de ochenta personas y las
cámaras del canal local cuyo periodista estrella se empecinaba el llamarle
piano al órgano. La mamá del Polaco fue la música invitada y se lució con la
interpretación de “para Elisa” que sonaba raro en la potencia de los tubos.
Hubo aplausos, video, periodistas y luego silencio.
A pesar de la repercusión en la prensa, las cartas
y los llamados, la organización Guinness siquiera amagaba con venir a chequear
el invento del Polaco. Alegaban que la distancia y el tiempo hacían imposible
la visita y que la estaban programando para dentro de dos años. El polaco no se
deprimió y siguió con nuevos proyectos. Yo me mudé y estuvimos desconectados unos
años. Hasta que me llegó la invitación a su casamiento y esa fue mi última
visita a su estancia. Los tubos seguían enhiestos e imponentes y la marcha
nupcial fue ejecutada en el órgano. La última carta de Guinness postergaba un
par de años más la visita.
Y la vida siguió…
Hasta anteayer, que mi hijo menor compró en una
feria de libros usados los Guinness Records de 2008. Hojeando las cosas raras,
allí estaba, el órgano con los tubos más grandes del mundo, acompañado de una
vista aérea de la estancia del Polaco y esas ocho torres rodeadas de tubos. En
la última foto estaba el Polaco de pie, con sus bigotes y menos pelo, sentada
en el teclado junto a él, una adolescente apretaba las teclas, supongo que debe
ser la hija de mi amigo. Masvaleasí.
Cruz J. Saubidet®
octubre 02, 2018
Título en proceso
El
mundo es grande, y lo que entendemos es poco. Cuando aceptamos eso se abre un
poco el panorama y la mente puede descansar un rato. Yo no estoy curado del
todo, pero trato mucho de evitar hacer juicios de valores. Por supuesto que me
parecen feas las cosas que lastiman a personas, pero cuando se trata de
situaciones o actitudes que no tendrían que molestar, cada vez entiendo menos a
los criticones seriales.
Es
difícil la felicidad, mirá si será difícil que casi nadie la consigue. No se
enseña la felicidad, ni la alegría ni la tristeza. Pueden tratar de meterte
cosas en la cabeza haciéndote pensar que si seguís ciertas pautas
sociales-culturales-religiosas vas a estar más cerca de alcanzarla, puede
funcionar para algunos y por un tiempo, pero tarde o temprano la gente pensante
va a sentir una disconformidad y, con un poco de coraje, va a querer alejarse
de esa zona donde le aseguran muchos que está la alegría y la plenitud.
Juzgar
es una de las actitudes que demuestran el miedo de salir de la zona en la que estás.
No querer aceptar diferencias, a mi entender, es el temor a descubrir la
posibilidad de estar equivocado. No hay que ser un genio para confirmar que
todos estamos equivocados en algo y bañarse de humildad sería una buena cosa
para los juzgadores seriales.
Los
sentimientos no se enseñan, te pueden explicar cómo ser bueno pero nunca a
sentirte bueno, te pueden enseñar matemáticas pero no a apasionarte con los
números, te pueden convencer que necesitas ser heterosexual y formar una
familia pero sabemos que no siempre es así. Los sentimientos fuertes son lo
único que no sigue modas, y son lo que nos hace ser lo que somos, para bien o
para mal. Los homofóbicos deberían darse
cuenta que ser puto-lesbiana-trans requiere un coraje impresionante habiendo en
el mundo tanta gente que prefiere juzgar antes que comprender. Y eso debería
generarles a estos dueños de “la posta” un respeto especial por los “diferentes”
Claro que no les pasa.
Yo
paseo mucho por las redes, especialmente Twitter y Facebook y leo mucha gente
enojada y juzgando cosas que no deberían molestarle. Es necesario aprender a
aprender, saber tiene fecha de vencimiento ya que todo cambia cada vez más
rápido. Saber te puede servir un tiempo, pero si no te tomas el trabajo de
aprender y cambiar, tu sabiduría va a ser obsoleta pronto.
¿Qué
puede molestarte que le expliquen a tu hijo/a en la escuela que el concepto
hombre / mujer es mucho más amplio de lo que pensás?
No hay
dudas que es mucho más cómodo tener hijos, parientes y amigos que no van a ser
discriminados, pero al fin de cuentas lo que queremos es que sean felices, y la
felicidad es difícil y muchas veces imponiendo conceptos la complicamos más
todavía.
Yo
estoy aprendiendo despacio, es un largo camino, pero liberador.
agosto 20, 2018
Sobre tumbas de tuscas
En cuanto llegué a la casa encendí
la radio y prendí fuego, los pelos del brazo se me erizaban en cada movimiento
y no podía manejar mis sensaciones. Saqué el catre y me senté a fumar un armado.
Iván se acercó y se me enrolló en el tobillo, sentí que se apretaba más que
otras noches pero me hacía bien la presión. Tuve que prender otro cigarrillo
con la brasa del primero, mis nervios lo exigían.
El fuego subía un par de metros, le
seguí agregando leña. Me recosté con la radio en la oreja y la víbora en el
tobillo, cerré los ojos y descansé un rato entre sueños.
Algo me despertó y no fue un ruido,
el fuego seguía fuerte y la luna estaba comenzando a alumbrar. Miré a los lados
y nada, Iván ya no estaba en mi tobillo y se oía el chisporrotear de la fogata.
Me dio miedo la soledad de la noche
sin ruidos. Cerré los ojos y de nuevo algo me hizo abrirlos. Miré hacia la
galería y vi claramente a alguien sentado en la silla. La boca se me petrificó
y no me permitía hablar, se me erizaron los brazos y mis ojos querían cerrarse
pero no podían.
Desde la galería me miraba, en
silencio. Como pude armé un cigarrillo y lo prendí con una brasa, no me animaba
a caminar hacia la penumbra, ni a salir corriendo. La linterna tenía poca pila
y apenas alumbraba, apunté hacia el bulto pero la luz no llegaba, agregué mucha
mas leña para hacer del fuego una gran antorcha. La señal de la radio se había
perdido y se escuchaba estática, el dial no respondía, todo era mudo.
Preso del terror me icorporé y
caminé despacio hacia el visitante. Ahí estaba, sentado, inmóvil, panzón y
transpirado.
– ¿Agustín? ¿Dónde andaba?
–Por ahí, a las vueltas, no del todo
bien.
–Lo estuvieron buscando por todo el
campo.
–Los vi, pobre Jorgito, como loco
andaba.
– ¿Por qué no les salio al cruce?
–Ellos no me veían ni oían, yo les
gritaba, me ponía en el medio del camino, trataba de manotearle las riendas, no
se que me pasó.
– ¿No se acuerda de nada?
–Alguito nomás, me recordé temprano
los otros días, de noche era todavía, y me dolía mucho el pecho. Me asusté,
nunca me había dolido tanto. Fui a agarrar caballo y no podía enfrenar el
pingo, trataba de poner el freno pero el brazo se me venía abajo como sin
fuerza, vio.
– ¿Y qué hizo entonces?
–Grité fuerte a ver si andaba algún
indio a las vueltas, ¡nadie no había!, era oscuro, las cuatro y media capaz, el
pecho me chusiaba de adentro. Entonce salí caminando pa los toldos, caminar me
calmaba un poco. Tranquié un rato por el monte, casi sin ver. En un momento me
desapareció el piso y me vine abajo, era como un resumidero, alguna cueva, no
sé bien que era.
– ¿Cuánto estuvo ahí?
–Ni idea, pero cuando abrí los ojos
ya no me dolía nada, me sentía demás bien, era raro eso, a mí siempre me duele
algo. Empecé a caminar, en patas andaba y ni una espina me clavaba, era raro
también. Fui hasta los toldos y nadie no me prestaba atención, era como que no
me veían, yo sí los veía, pero ellos como si fuera un ánima, ni pelota. Pensé
que se habían enojado, vio como son, así que me volví al rancho, despacio. Otra
cosa rara era que no tenía ni hambre ni sed, pero que se yo. El tema es que
erré el camino y aparecí en la orilla del Pilcomayo y como estaba casi seco lo
crucé, pensé que los milicos que pasaron en un Jeep me dirían algo, pero ni me
miraron y siguieron recorriendo.
– ¿Cuántos días anduvo por Paraguay?
–Ni idea, Joaquín, no sé como
pasaban los días, me parece que me dormía de golpe y cuando me levantaba era
otro día, andaba perdido y medio asustado.
– ¿Y entonces?
Yo nunca dejé de lado el susto,
sabía que no era normal la aparición de Agustín en mi casa y menos a esas horas
de la noche, pero quería enterarme de todo, por más que me asustara el cuento.
–Me volví al rancho, tardé bastante
porque estaba lejos, me asusté cuando vi a Jorgito con dos milicos revisando el
rancho, más me asusté cuando no me vieron llegar y me pasaban por al lado sin
mirarme. Entonce me acordé que la mamá de Rolo un día nos contó como eran las
ánimas de los muertos. Ahí me asusté mucho, me parecía que yo era un ánima.
Entonce me fui pal pozo en que me había caido y estaba casi todo tapado por una
tusca, pero me vi ahí, no me miré demasiado porque me daba miedo, pero ahí
estaba yo, muerto.
– ¿Y por qué vino para acá?
–Por el vinal me parece. El fuego
del vinal me gusta demás, de ahora nomás, antes no me gustaba. Y lo mejor es
que usted me escucha, hasta ahora es el único que me oye.
– ¿Cómo lo ayudo, Agustín?, no sé
nada de ánimas.
–Dígale a la Rosa y al Jorgito que
no me busquen más.
–Me parece que lo mejor va a ser
encontrar su cuerpo así lo entierran y no lo buscan más.
–Vaya usté con mi hermano, no quiero
que el Jorgito me vea de golpe.
–Bueno, si prefiere, yo mañana voy
con Vastides a primera hora, ¿Dónde está el pozo?
Me indicó el lugar con lujo de
detalles, mi susto se evaporaba ante la ausencia de peligro, Además no estaba
seguro si estaba dormido o despierto o soñando.
–Me voy, don Joaquín, lo dejo
dormir, gracias.
– ¿Necesita algo más?
–Sabe que sí, le pido que le diga a
la mamá de Rolo que la voy a visitar esta noche, que haga fuego con vinal.
–Le digo, no se preocupe.
–El problema es que no sé como salir
de acá, ella siguro que sabe lo que hay que hacer.
–Ojalá que lo ayude, yo le digo, que
ande bien.
Lo vi levantarse sin emitir sonido
alguno, cruzó el patio y desapareció.
***Fragmento de Tierras Grises® CJSinCT®
Suscribirse a:
Entradas (Atom)