septiembre 28, 2008

Good Bye New York, in true colors

Prendo un cigarrillo, no más cerveza porque mi cuerpo ya dijo basta, quisiera tener un “algo” para volar un ratito, pero mejor así. Si no hay, paciencia ¿Ya son las 3:30?
Algunas noches son de colores, transmiten su esencia de alguna manera profunda, pero no es posible interpretarlas.
Los colores de la noche son difusos, además me duele el ojo derecho. Me arde mucho y está irritado, no debería escribir, pero quien pudiera negarse a ello.
La noche define sus colores a medida que sucede, priman los primos, que solo son parientes del verde, el morado y el naranja, que no por ser secundarios deben tener menos importancia.
Pero quizás la noche tenga matices y los colores solo ganen calidad de acuerdo a su poder cromático. No sé mucho de colores, solo quiero mezclar noches primarias y transformarlas en secundarias. No es fácil, pero tampoco imposible.
A veces no quiero dormir, ¿para que? Si puedo escribir y demostrarme (ya no me interesa tanto mostrar) que sigo teniendo la chispa que alguna vez creí tener.
Los colores de la noche no son chispas, no siempre brillan y no siempre la noche tiene oscuridad para permitir la transmisión sin ruidos.
¿Qué sé yo de la noche? Poco, solo que la venero.
Son más venerables las noches de invierno, cuando la nieve absorbe los restos de sonido, y el silencio te impregna de su poder. El verano es jodido y pegajoso, los pensamientos se aletargan y los ruidos llegan cargados de lo que son.
Las noches deberían suceder afuera. En verano las paredes son molestias imprescindibles y las ventanas esbozos de libertad. En invierno las paredes tienen sentido, el sentido del cuerpo que les agradece su dureza y protección.
Hoy perdí mi boina, mi querida boina azul, mi marca identificatoria neoyorquina, quizás así debió ser, debo despedirme de esta ciudad que me enamora pero, debo dejarle algo a cambio de sus servicios, mi boina azul duerme en algún lugar de Broadway Aveneu, espero que esté bien, espero vérsela puesta al homeless de la cuadra del taller, me sentiría tranquilo de su futuro.
Nueva York, ya te regalé mi gorra, ya la tenés, te juro que me encantó perderla, las pérdidas sin tristeza valen poco, o mejor dicho, es la tristeza las que las transforma en pérdidas.
Los colores de la noche me enceguecen, no los primarios que tienen la pureza, esta noche, un rojo y un amarillo hicieron la mezcla perfecta.
CJS

2 comentarios:

Martín Bolívar dijo...

Había dicho Atahualpa Yupanki que a la noche la hizo Dios para que el hombre la rompa. Usted le ha dado el color que pocos vemos en la oscuridad.

LIBREPENSADOR dijo...

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