septiembre 16, 2013

No conocía el mar (primera parte)

Aníbal no conocía el mar, ni siquiera las lagunas cercanas, menos aún el gran río que tantas canciones había inspirado. Su patria consistía en cincuenta kilómetros a la redonda. Una vez se había alejado un poco más, pero como lo llevaron y trajeron en camioneta, no contaba como expedición. Se habría sentido aburrido si sus deseos hubieran volado más lejos, pero no, donde estaba tenía todo lo que necesitaba, especialmente su familia y su trabajo. Él seguía soltero a los cuarenta y pico de años, pero su papel de tío protector le daba tantas satisfacciones como si se tratara de un padre y sus hijos. La Gringa era la luz de sus ojos. Sus sobrinas crecían y tenían hijos, así y todo, el tío les repetía que lo mejor era que no se casaran, que él se ocuparía de vestir y alimentar a los pequeños para que ellas siguieran el camino más libre que encontraran. Un día apareció por la estancia un cura de esos que giran por los campos tratando de cristianizar con bautismos al por mayor, casamientos innecesarios y extremaunciones tardías. Luego de la misa celebrada en el galpón el sacerdote juntó a las parejas no consagradas en matrimonio y cometió el grave error de hablar antes con los hombres, siempre más propensos a la aceptación que las mujeres. Rodrigo, aceptó casarse con La Gringa, no era algo que deseara con desesperación, pero tener a su lado a la más linda de la zona era interesante y si el hijo que estaba a punto de nacer le pertenecía, él quería hacerse cargo. Luego, el sacerdote habló con las mujeres que acataron la decisión de sus hombres, pero La Gringa en ese momento estaba conversando con una amiga y no se preocupó de entender la situación ni las consecuencias. Al rato el cura armó todos sus petates para la celebración. Rodrigo llamó a La Gringa y la chica se acercó sin dejar de conversar. -¿Qué querés, Rodrigo? -Nada, Gringa, vení que el cura dice que nos va a casar. -¡Estás loco, vos! Yo no me quiero casar. -Dale, Gringa, si no el cura se pone como loco. -Que se ponga loco, yo no me voy a casar porque el cura me pida. -¡Pero el nene es mío! -Más vale, ¿Qué te pensás que soy yo? -Entonces tenemos que casarnos. -¡Casate vos si querés, yo no me voy a casar! -¿Pero, no me querés Gringa? -Más o menos, yo me quedo con el tío y los abuelos. -Entonce andá vos y decile al cura que no querés. -Si vos le dijiste que te querías casar andá vos a decirle al cura que yo no quiero. -¡Cámo sos, Gringa! ¡Después no me andes pidiendo plata para el nene, eh! -Bueno, pero vos no me pidas de verlo entonces. Ignorando a Rodrigo, la Gringa siguió conversando con su amiga como si nada hubiera pasado. La Gringa, la más pequeña de las sobrinas de Aníbal, que a los dieciséis estaba a punto de parir, aceptó la propuesta del tío y rechazó el pedido matrimonial del padre de la criatura, en realidad no lo quería demasiado y la oferta de vivir en esa casa alejada rodeada de monte no podía equipararse siquiera con la continuidad de la vida en comunidad de la casa de su tío. Le decían “La Gringa” por sus ojos claros y desde sus primeros años su belleza autóctona deslumbraba a todos. Aníbal adoraba a sus padres ya viejos y nunca se alejó de ellos, más aún cuando Monchito, Susi, La Gringa y Rosita, perdieron a Susana, su madre y hermana mayor de Aníbal víctima del “mal de chagas”, y recayeron de lleno en la vida familiar. La gringa tenía seis meses y despertó en el tío una adoración inimaginada en un hombre soltero. Rosita, con tres años, tardó un poco en adaptarse a la falta de madre, pero entre la abuela y el tío Héctor (hermano mayor de Aníbal) se ocuparon de hacerla feliz. Monchito ya tenía doce años y genes bondadosos y trabajadores, no era muy estudioso pero escribía y leía con destreza. A los quince empezó a trabajar en la estancia, a los veintitrés se casó y partió hacia un mejor trabajo, hoy tiene cuatro hijos y una bonita casa, que su mujer se encarga de mantener en optimas condiciones.