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agosto 20, 2018

Sobre tumbas de tuscas


En cuanto llegué a la casa encendí la radio y prendí fuego, los pelos del brazo se me erizaban en cada movimiento y no podía manejar mis sensaciones. Saqué el catre y me senté a fumar un armado. Iván se acercó y se me enrolló en el tobillo, sentí que se apretaba más que otras noches pero me hacía bien la presión. Tuve que prender otro cigarrillo con la brasa del primero, mis nervios lo exigían.
El fuego subía un par de metros, le seguí agregando leña. Me recosté con la radio en la oreja y la víbora en el tobillo, cerré los ojos y descansé un rato entre sueños.
Algo me despertó y no fue un ruido, el fuego seguía fuerte y la luna estaba comenzando a alumbrar. Miré a los lados y nada, Iván ya no estaba en mi tobillo y se oía el chisporrotear de la fogata.
Me dio miedo la soledad de la noche sin ruidos. Cerré los ojos y de nuevo algo me hizo abrirlos. Miré hacia la galería y vi claramente a alguien sentado en la silla. La boca se me petrificó y no me permitía hablar, se me erizaron los brazos y mis ojos querían cerrarse pero no podían.
Desde la galería me miraba, en silencio. Como pude armé un cigarrillo y lo prendí con una brasa, no me animaba a caminar hacia la penumbra, ni a salir corriendo. La linterna tenía poca pila y apenas alumbraba, apunté hacia el bulto pero la luz no llegaba, agregué mucha mas leña para hacer del fuego una gran antorcha. La señal de la radio se había perdido y se escuchaba estática, el dial no respondía, todo era mudo.
Preso del terror me icorporé y caminé despacio hacia el visitante. Ahí estaba, sentado, inmóvil, panzón y transpirado.
– ¿Agustín? ¿Dónde andaba?
–Por ahí, a las vueltas, no del todo bien.
–Lo estuvieron buscando por todo el campo.
–Los vi, pobre Jorgito, como loco andaba.
– ¿Por qué no les salio al cruce?
–Ellos no me veían ni oían, yo les gritaba, me ponía en el medio del camino, trataba de manotearle las riendas, no se que me pasó.
– ¿No se acuerda de nada?
–Alguito nomás, me recordé temprano los otros días, de noche era todavía, y me dolía mucho el pecho. Me asusté, nunca me había dolido tanto. Fui a agarrar caballo y no podía enfrenar el pingo, trataba de poner el freno pero el brazo se me venía abajo como sin fuerza, vio.
– ¿Y qué hizo entonces?
–Grité fuerte a ver si andaba algún indio a las vueltas, ¡nadie no había!, era oscuro, las cuatro y media capaz, el pecho me chusiaba de adentro. Entonce salí caminando pa los toldos, caminar me calmaba un poco. Tranquié un rato por el monte, casi sin ver. En un momento me desapareció el piso y me vine abajo, era como un resumidero, alguna cueva, no sé bien que era.
– ¿Cuánto estuvo ahí?
–Ni idea, pero cuando abrí los ojos ya no me dolía nada, me sentía demás bien, era raro eso, a mí siempre me duele algo. Empecé a caminar, en patas andaba y ni una espina me clavaba, era raro también. Fui hasta los toldos y nadie no me prestaba atención, era como que no me veían, yo sí los veía, pero ellos como si fuera un ánima, ni pelota. Pensé que se habían enojado, vio como son, así que me volví al rancho, despacio. Otra cosa rara era que no tenía ni hambre ni sed, pero que se yo. El tema es que erré el camino y aparecí en la orilla del Pilcomayo y como estaba casi seco lo crucé, pensé que los milicos que pasaron en un Jeep me dirían algo, pero ni me miraron y siguieron recorriendo.
– ¿Cuántos días anduvo por Paraguay?
–Ni idea, Joaquín, no sé como pasaban los días, me parece que me dormía de golpe y cuando me levantaba era otro día, andaba perdido y medio asustado.
– ¿Y entonces?
Yo nunca dejé de lado el susto, sabía que no era normal la aparición de Agustín en mi casa y menos a esas horas de la noche, pero quería enterarme de todo, por más que me asustara el cuento.
–Me volví al rancho, tardé bastante porque estaba lejos, me asusté cuando vi a Jorgito con dos milicos revisando el rancho, más me asusté cuando no me vieron llegar y me pasaban por al lado sin mirarme. Entonce me acordé que la mamá de Rolo un día nos contó como eran las ánimas de los muertos. Ahí me asusté mucho, me parecía que yo era un ánima. Entonce me fui pal pozo en que me había caido y estaba casi todo tapado por una tusca, pero me vi ahí, no me miré demasiado porque me daba miedo, pero ahí estaba yo, muerto.
– ¿Y por qué vino para acá?
–Por el vinal me parece. El fuego del vinal me gusta demás, de ahora nomás, antes no me gustaba. Y lo mejor es que usted me escucha, hasta ahora es el único que me oye.
– ¿Cómo lo ayudo, Agustín?, no sé nada de ánimas.
–Dígale a la Rosa y al Jorgito que no me busquen más.
–Me parece que lo mejor va a ser encontrar su cuerpo así lo entierran y no lo buscan más.
–Vaya usté con mi hermano, no quiero que el Jorgito me vea de golpe.
–Bueno, si prefiere, yo mañana voy con Vastides a primera hora, ¿Dónde está el pozo?
Me indicó el lugar con lujo de detalles, mi susto se evaporaba ante la ausencia de peligro, Además no estaba seguro si estaba dormido o despierto o soñando.
–Me voy, don Joaquín, lo dejo dormir, gracias.
– ¿Necesita algo más?
–Sabe que sí, le pido que le diga a la mamá de Rolo que la voy a visitar esta noche, que haga fuego con vinal.
–Le digo, no se preocupe.
–El problema es que no sé como salir de acá, ella siguro que sabe lo que hay que hacer.
–Ojalá que lo ayude, yo le digo, que ande bien.
Lo vi levantarse sin emitir sonido alguno, cruzó el patio y desapareció.

***Fragmento de Tierras Grises® CJSinCT®


febrero 20, 2009

Homenaje a un gaucho de veras

Restituto Norberto Vargas es uno de los personajes famosos que abundan en cada una de las regiones de cada lugar del mundo.
Así como hoy fijamos la vista en algún personaje particular (punk, dark, gato, motoquero), hace años era inevitable prestar atención y observar detenidamente a Don Vargas. Hombre gaucho, grandote, de ojos achinados y de bigote grande y tupido.
Vale aclarar que nunca nos quisimos, o quizás yo no lo quise y a él le fui indiferente, pero a la distancia, lamento no haber aprovechado un poco más su sabiduría de hombre duro y trabajador.
Poco sé de su historia, sólo me queda el sabor amargo al sentir que trabajó mucho y hoy es un jubilado más en un pueblo perdido sin mucho que hacer y con una gran tristeza que lo carcome día a día.
El hombre anduvo siempre a caballo, durante sesenta años, cada día de su vida. De joven, dicen, le gustaban la farra, el vino y las mujeres; pero con los años dejó esos vicios y se dedicó a trabajar con responsabilidad. En sus genes estaba liderar a otros, y pese a su analfabetismo fue un capataz consultado por muchos a la hora de emprender trabajos grandes. Eso sí, a la antigua, con perros y a los gritos, a lo bruto, sin una pizca de psicología aunque siempre al frente de su tropa, demostrándole a los más jóvenes que él podía hacer las cosas mejor o igual que ellos.
Su libreta de anotaciones, basada en números y dibujitos, poseía un informe preciso y detallado de todo lo que sucedía dentro de las ocho mil hectáreas que manejaba, nada se le escapaba a su visión infalible de rodeos de vacas, terneros, toros, caballos, pastos, alambrados, posibles enfermedades, sequías o inundaciones.
¡Y el respeto! No solamente sus empleados, todas las personas se detenían a cruzar algunas frases con él, desde patrones y administradores hasta el más insignificante barrendero del pueblo. Vargas siempre tenía una risa para regalarles, una risa mezclada con palabras ilegibles para muchos pero contagiosa.
De grande le picó el bicho de la soledad (o de la trascendencia) y se juntó con la hija de un peón que le dio dos hijos a los que adoraba. La alegría le duró poco, su hija mayor tenía una grave enfermedad progresiva que consumió horas de amargura, hospitales y ahorros. Así y todo, la chica salió adelante e hizo una vida medianamente normal. Su hijo creció sano y fuerte, aunque desinteresado de las tareas rurales.
Vargas se jubiló a los 67 años, estiró lo más que pudo su retiro pero debió abandonar su trabajo luego de cincuenta años en la misma estancia. Se instaló en su casa en el pueblo e hizo algunos trabajos para amigos que le inventaban ocupaciones para mantenerlo entretenido.
Hace dos años, su hija Alejandra tuvo una decaída y murió a los 22 años. Desde ahí, nada pudo levantar el ánimo de Don Vargas. Los que pasan por su casa pueden verlo cada día, sentado en el patio, con el mate en la mano y la mirada triste. Quizás espere algo, quien sabe qué.
Cruz J. Saubidet®

marzo 01, 2007

Blanco y negro.

La polvareda dejaba ciego a quien se atreviera a caminar por las calles en las siestas cálidas y vacías.La Tordilla se llamaba el caserío, los lugareños le decían pueblo, pero los considero demasiado generosos, se trataba a mi entender de un conjunto de construcciones que se emplazaban al margen de una vía casi muerta.

Una escuela, una iglesia con cura los domingos sin lluvia, carnicería, comisaría, club, diez casas y el boliche de Peccorari, que hacía a la vez de almacén y tienda.
Peccorari era un señor grandote y de cara siempre colorada, malhumorado natural y muy mal comerciante. A pesar de ello, su boliche contaba con la presencia de la crema y nata del paraje, sordos ellos a los malos tratos del dueño y ávidos de una bebida con alta graduación alcohólica. Además de bolichero, desde el 83 hasta el 2000, Peccorari ejerció el cargo de Jefe comuna o intendente de la zona, cargo que le valió calificativos de nepotista y atorrante. Lo criticaban pero luego lo votaban, la mayoría de las veces por ser lista única y otras por repartir más cajas de alimentos y frazadas que el opositor en las campañas. Entre otras cosas fue el dueño del único teléfono de la zona por muchos años, suerte que supo aprovechar cobrando exorbitancias por las llamadas. "Arbitro injusto" le decían: cobra lo que quiere y si no te gusta te echa.

Entrar al boliche, sin importar la hora, significaba sumergirse en un mundo lisérgico y abierto a las sorpresas. El mostrador ocupaba todo el largo del salón y en sus riveras se asentaban las destartaladas mesas con sus sillas de patas desparejas. Si estabas de suerte, el dueño te atendía, si se trataba de mucha suerte; la Mari (hija del dueño) traía las bebidas y se agachaba dejando a la luz de tus ojos esos pechos blancos.
Joaquín estaba de paso, y con sed. Era la tardecita y no dudó en entrar. Había tres mesas ocupadas.
En la primera estaba Don Sebastián, viejito y desdentado, casi mudo junto a Doña Pendo, su esposa, gigantesca, oscura y brillosa. Un par de nietos tomaban cocacola junto a Sebastián, su señora bebía ginebra a largos tragos y pedía ¡otra! Golpeando el vasito contra la mesa. Joaquín escuchó algo, una especie de saludo casi mudo de parte de Sebastián, respondió sin entender.
-¡Hablá juerte, viejo! ¡No te das cuenta que no se te entiende! ¡Buenas, don, a este viejo guampudo no se le entiende nada cuando habla! Fue el amable saludo de la doña.
-Buenas doña, como anda señor. Respondió mientras se alejaba.
En la otra mesa yacía un hombre transpirado y de piel casi negra, su cabeza parecía apoyada sobre el vaso de vino, los ojos los tenía casi cerrados.
-Buenas, ¿cómo es su gracia? Dijo secamente. ¿Qué lo trae por estos pagos?
Joaquín decidió no prestarle atención y siguió de largo.
-¡Conteste, señor! Increpó a la vez que se paraba y lo tomaba del hombro.
-No hablo con borrachos. Mintió Joaquín a la vez que se soltaba del brazo del ofensor. El bolichero se había puesto a su lado y agarraba al morocho dispuesto a pegarle al extraño.
-Calmate, Maidanita, explicale al señor que sos el comisario y seguro que te contesta.
-¡Usted se resiste a la autoridad y lo voy a tener que meter preso!
-Pero, de haber sabido que usted era el comisario no solamente lo saludaba sino que lo invitaba un vino, discúlpeme, Maidanita, mucho gusto, Joaquín Sobiles para servirle.
-Disculpado, venga, siéntese y páguese un tinto.
-¡Cómo no!, ¡Señor, un tinto y una cerveza bien fresca por favor!
Ahí terminó el diálogo, Joaquín se sentó junto al comisario a esperar la cerveza y el silencio se adueñó de lo que podría haber sido una conversación, Maidanita bajó nuevamente la cabeza y se sumergió en el vino.
En la última mesa ocupada había tres gauchos conversando y tomando cerveza, en cuanto Peccorari trajo el vino y la cerveza, el mayor de ellos lo invitó a sentarse con ellos:
-Siéntese acá, hombre, el comisario está muerto. Era un eufemismo muy bien utilizado.
El mayor de los gauchos, Héctor Severino Garréz, tenía la cara hinchada y roja, recorrida de un mapa hídrico de venas verdes y azules, que de finas, pasaban casi inadvertidas. Un pequeño bigote de indio pendía sobre su boca sonriente.
-Le presento: Aníbal Jorge Garréz (mi hermano) y Luis Bienvenido Paniagua, mi sobrino, más conocido como pan mojado. ¿Qué anda haciendo por La Tordilla?
-De paso para San Justo, me dijeron que por esta ruta me ahorro como 80 kilómetros.
-Tiene suerte que no llovió, si no iba terminar perdiendo un día.
-Menos mal. Dijo Joaquín mientras llenaba los cuatro vasos.
Joaquín dirigió la conversación con preguntas cortas y concisas, los tres gauchos (especialmente Héctor) no dudaron en contarles vida y obra de la zona, en especial del pueblo, al que venían de vez en cuando, ya que trabajaban en una estancia grande que distaba a 20 kilómetros.
-Otra cerveza, por favor. Pidió Joaquín.
-¡Uh! La va a traer la Mari. Los ojos de Luis Bienvenido se pusieron brillantes. -Cuándo se agache, mírele los pezones, ¡después me cuenta!
Y vino la Mari, se agachó sirviendo los vasos y la gravedad deslizó su camisa dejando los pechos al descubierto. Era una gringa linda, tendría 25 años, buen cuerpo, piel blanca, ojos celestes y no usaba corpiño. No pudo Joaquín evitar espiar esos pechos blancos como la leche que remataban en unos pezones grandes y negros como el carbón. Quedó unos minutos sin palabras, nunca había visto algo así, ni siquiera estaba seguro que le gustara, sin embargo le costó bastante tiempo borrar esa imagen de su mente, muchas veces quiso volver y verla de nuevo, pero los caminos son muchos y ya nunca regresó por ese caserío perdido en medio de la provincia de Santa Fe.


Cruz J. Saubidet®

junio 13, 2006

Diccionario sexual de frases gauchas modernas


Un pariente no muy lejano publicó en 1943 y diccionario criollo. Tito Saubidet, mi pariente, quiso con este libro plasmar las vivencias, modismos y conocimientos del gaucho argentino.

Yo crecí en el campo y estuve siempre familiarizado con todo eso, aunque lo que realmente me interesó fue la expresividad de las personas por encima de sus conocimientos. Los gauchos ya no existen, hay personas que emulan tales actitudes, pero carecen de autenticad en el momento que bajan de un taxi hablando por celular, eso sí, vestidos como paisanos.

Lo que sí existe es una cultura rural, de personas curtidas, trabajadoras, de a caballo, hábiles con el lazo, en la jineteada, en trabajos con animales y en todos los elementos gauchescos que alguna vez describió mi pariente en su libro. La diferencia radica en que estas personas ya no solo respiran campo; la radio, la televisión y la música se han instalado en sus vidas y de cierto modo han modificado su forma de ver la realidad.

De esta gente es la que quiero hablar, o mejor dicho, a esta gente le he substraído algunas frases, metáforas y modismos de su decir cotidiano.

La mayoría son de índole sexual, y masculinas ya que las mujeres no las dicen, pero las escuchan a diario y conocen su significado.

Algunas frases y dichos:

“Se pelaba por el bolsillo” Frase utilizada en referencia a las personas que toman su miembro viril a través del bolsillo y proceden al acto onanista.

“La puse cono las 10 y 10” Se refiere a las piernas de la mujer durante el acto sexual, es cuestión de imaginar las manecillas del reloj y trasladar la imagen a la anatomía femenina.

“Le hice abrir los dedos de las patas” Fanfarronería utilizada para vanagloriarse del placer brindado a la pareja.

“Me escupió el guanaco” Eyaculación adelantada al tiempo esperado.

“Hasta la bola” Penetración profunda.

“Te lo saqué” Jocosidad propinada cuando a una persona se le escapa un cuesco sonoro.

“En la puntita está el veneno” Consejo materno hacia las hijas adolescentes para que no se dejen engañar con el famoso: “Solo la puntita, un poquito”

“Le tanteé el felpudito” Comentario entre amigos en referencia a la entrepierna femenina.

“De chiquito no vale” Esta triste frase se refiere a ciertas costumbre pedófilas muy comunes entre algunas personas. Con ella anulan su posible homosexualidad por más que de niño hayan sido abusados.

“Se hizo un pasto” Nunca comprendí del todo la metáfora de esta frase, el significado es “se masturbó”, pero la relación con el pasto es inexplicable.

“Jugaban a los toritos” Como el juego del doctor, pero telúrico.

“La llené” La embaracé.

“Las albondiguitas” Se refiere a ciertas partes profundas de la cavidad femenina, a la que solo acceden aquellos hombres bien dotados.

“Se terminó” Se murió.

Hay muchas más, esto es solo una muestra, pero con estas pocas ya no se sentirán tan perdidos en el remoto caso de que compartieran un asado con esta gente maravillosa.

Cruz Joaquín Saubidet®