octubre 07, 2005

Su padre le puso Marco Cap.3


Abrió los ojos. Era noche cerrada, estaba confundido. Segundos después cayó en la cuenta de donde estaba. El catre no era incómodo, pero los mosquitos estaban bravos y lo hicieron levantar. Caminó por el ambiente, era grande. No se veía a nadie a las vueltas, salió por la única puerta y el aire de la noche terminó de despabilarlo. No hacía frió, el otoño venía suave. Avanzó un trecho hasta que se encontró con un marinero
-Buenas don.
-Buenas, ¿usted es el que juntamos del rió?
-Supongo que si, ¿dónde andan los otros dos que juntaron?
-Noooo, solo a usted lo subimos, pensamos que era el único que iba en el bote. Igual el capitán llamó a prefectura y vimos la lancha que venía hasta los pedazos del bote.
-¿No vieron a nadie más en el agua?
-No, don, solo a usted lo vimos.
-¿Y el capitán?
-Va a tener que esperar un par de horitas, a las seis recién sale a cubierta, debe estar durmiendo. Venga don, vamos a tomar unos mates, ¿cómo es su nombre?
-Rodrigo
-Joaquín, mucho gusto.
-Lo mismo digo.
Joaquín preparó los mates y se sentaron en la borda. El barco era grande, hacía la ruta Buenos Aires-Asunción llevando pasajeros, una especie de crucero autóctono. La próxima parada era Formosa, alrededor de las cinco de la tarde y al día siguiente llegaban a Asunción donde paraban tres días para luego regresar. Doscientos treinta pasajeros llevaban.
Joaquín era Uruguayo, de Montevideo y trabajaba en el barco desde hacía cinco años, era ingeniero de máquinas, el trabajo era tranquilo y mucho más ahora que los motores eran nuevos.
Charlaron hasta que empezó a aclarar, de a ratos Joaquín bajaba a la sala de máquinas aduciendo un ruido extraño, pero siempre volvía satisfecho por la falsa alarma.
A las seis en punto apareció el capitán en el puesto de control, lo vieron a través del vidrio y esperaron que se desocupe.
A la media hora bajó, era un hombre de más de cuarenta, con barba canosa y corta, poco pelo y de un buen estado atlético.
-Buenos días. Saludo amable pero firme.
-Buenos días capitán dijo Joaquín a la vez que se retiraba.
-Buenos días, mi nombre es Rodrigo, le agradezco por juntarme del agua.
-No hay de qué, fue una lástima lo del bote pero imagínese que un barco de este tamaño no puede andar esquivando botecitos.
-Lo entiendo capitán, lo que me gustaría saber es que pasó con mis dos compañeros.
-¿cómo sus dos compañeros? Solo usted estaba en el agua, nadie vio a nadie más.
La cara del capitán mutó hacia la preocupación, se acariciaba la barba.
-¡Acompáñeme!
Lo siguió, subieron a la sala de mando y le pidió a un muchacho que lo comunique con Prefectura en Corrientes. Habló con el suboficial Peña, que Rodrigo conocía bastante, y le preguntó de la suerte de los náufragos.
La respuesta tardó en llegar, a los cinco minutos comunicó Peña al capitán que habían recogido dos cadáveres cerca del lugar del siniestro y que necesitaban su declaración a su regreso por Corrientes. Preguntó por Rodrigo, el capital le pasó el micrófono.
-¿Cómo estás Rodrigo?
-Bien Peña, parece que me salvé de carambola, que macana lo de los muchachos, cambio.
-Si, estamos todos muy tristes, a la vuelta vas a tener que declarar vos también. Cambio.
-Esta bien Peña, nos vemos a la vuelta, mandale un saludo a los deudos. Cambio.
-Le mando, cuidate. Cambio.
-Hasta pronto. Cambio.
Rodrigo salió de la cabina con los ojos llenos de lágrimas, si bien no eran sus grandes amigos, quería mucho a los dos que habían muerto. No se sentía culpable, pero sí muy solo.
Desde que se había escapado de Carmelo no había tenido tiempo de sentir la soledad, su actitud amiguera, su despreocupación permanente y sus noches de fiesta y trabajo no dejaban lugar a sentimientos de ese tipo. En ese barco, cayó en la cuenta en que no contaba con lazos demasiado fuertes a los que amarrarse. Su hijo todavía era chico y la italianita lo había reemplazado hacía bastante. De sus tías uruguayas poco sabía, al principio se escribieron cartas, pero se fueron espaciando y ya hacía mas de un año que no se comunicaban. Eran ellas el único lazo sanguíneo que le quedaba. Las recordaba siempre alegres, siempre juntas, siempre de fiesta. Eran primas entre sí, y a la vez primas de su padre. Alguna vez le contaron que entre ellas había una unión especial desde hacía mucho tiempo. Se habían comprometido a no separarse nunca y lo cumplían efectivamente. Por supuesto eran solteras, bastante atractivas y tirando a flacas. Comían lo mismo, leían lo mismo y, de la misma forma en que habían matado al padre, se seguían comportando con los hombres que se cruzaban en su camino.
Se portaron siempre bien con él, no le daban demasiada bolilla pero estaban atentas a sus necesidades. El tampoco pretendía más, con casa y comida asegurada, podía dedicarse tranquilo y sin presiones a la música y al juego.
Se levantó un viento que lo trajo nuevamente a la realidad, estaba en un barco que había matado a dos amigos. Avanzaba lento por el Río Paraguay en dirección norte, en algunas horas atracaría en Formosa.
-Lo voy a tener que dejar en Formosa, supongo que no anda con documentos encima.
-No capitán, solo tengo lo puesto.
-Está bien, no se preocupe que lo voy a dejar en un hotelito de un amigo, cama y comida le va alcanzar por cuatro días, de paso conoce la ciudad.
-No hay problema, nunca esta de más conocer un poco.
A las siete de la tarde terminaron de amarrar en el puerto de Formosa, había muy poco movimiento de gente, parecía un puerto humilde.
Algunos pasajeros bajaron, otros quedaron a bordo tomando whisky en el bar o jugando al billar. Se le acercó el capital y lo invitó a un asado.
Antes de la cena, lo presentó en el hotel y Rodrigo se instaló, en realidad no tenía equipaje, por lo que se dio una ducha y marchó hacia el asado.
La tripulación en pleno estaba allí, Joaquín hacía de asador y Rodrigo se le acercó para hacerle compañía y de paso picotear lo mejor de la parrilla.
Uno de los marineros sacó una guitarra y se puso a cantar, Rodrigo lo escucho paciente y en cuanto lo vio cansado le pidió el instrumento. Primero lo templó como le gustaba, empezó con un punteado y luego largó con las milongas. La tripulación guardó absoluto silencio e incluso casi se quema el asado, fue Rodrigo el que hizo señas a Joaquín para que volviera a prestarle atención a la parrilla.
-Había sido buen músico Rodrigo. Aduló el capital.
-Vivo de eso capitán, hace diez años que la guitarra y la garganta me dan de comer.
-¿Se anima a hacer algo en el comedor del barco?
-Cuando guste.
-A la vuelta hablamos del tema,¡ tóquese otra amigo!
Y siguió Rodrigo tocando y comieron y a medianoche volvieron todos al barco. El capitán le entregó unos pesos antes de despedirse.
Llegó a paso lento al hotel, entró a la habitación y se recostó. No tenía sueño a pesar del cansancio que sentía, estaba triste. Encontró una Biblia en la mesita de luz y, a falta de lectura más entretenida, comenzó a pasar las hojas. Cuando estaba terminando el Génesis los ojos se le empezaron a cerrar. Se quedó dormido.

Su padre le puso Marco Cap. 2


La chata que lo trasladó iba cargada de sandías, melones y zapallos. Llegó a Reconquista, provincia de Santa Fe, y en retribución por el viaje ayudó en la descarga y posterior carga en camiones de la mercancía.
No le gustó la ciudad, la gente le resultaba demasiado campesina y no entendía a esas personas. Anduvo como bola sin manija una semana hasta que consiguió un camión que lo trasladó a Resistencia, provincia del Chaco. La ruta era de tierra, insalubre para alguien acostumbrado al agua, tardaron casi un día en llegar. Había llovido y debieron estacionarse a esperar que se seque el camino. Los pueblitos que cruzaban no brindaban más que comida y vino. Decidió que no volvería por esa senda.
Resistencia era rara, ciudad chata que no tenía una industria que la caracterice. No le gustó, por lo que rápidamente se instaló en Corrientes, Paraná de por medio y un mundo totalmente distinto.
A sus veintitrés años era un buen compositor de milongas y rascaba la guitarra con ternura, no tocaba, simplemente acariciaba las cuerdas generando una atmósfera apacible para los oyentes.
Mucho había escuchado de los correntinos. Hombres de cuchillo en la cintura, bravos y atléticos y sus mujeres rellenitas y gritonas. Era verdad, lo que no le habían contado era que además eran buena gente.
Se instaló en las cercanías del puerto y encontró trabajo en los bares de la zona. Corrientes lo llenó de amigos y mujeres. Realmente lo pasaba bien, alquilaba una casita con jardín cerca del puerto y solo trabajaba por las noches. Durante los días se dedicaba a pasear y galantear mujeres casadas, sabiendo que de ser descubierto le abrirían el estómago de un cuchillazo. Necesitaba un poco de peligro en su vida, la tranquilidad lo ahogaba, además, esa carne prohibida y sabrosa que le ofrecían las correntinas ávidas también de emociones, le alegraba tanto el cuerpo como el corazón. Más de una vez se vio obligado a saltar por la ventana desnudo y esconderse bajo ligustros hasta que el peligro pasara. Eso le gustaba, era un espíritu libre que tomaba lo que le daban.
Luego de dos años era un correntino puro y hablaba un poco el guaraní. Ya no le quedaban rastros del portugués en la tonada, pero, de juntarse con brasileros, lo parlamentaba a la perfección.
De su hijo rosarino fue sabiendo por cartas que recibía de la italianita, estaba bien, seguía creciendo. La correspondencia con su amada se hizo constante y natural, claro que no existía entre ellos la pasión inaugural del amor, pero se iban asentando a través de las epístolas, sentimientos nuevos y gratificantes. Se transformaron en un matrimonio por correspondencia, era una cómoda situación. Ambos tenían sus pulsiones saciadas por terceros, pero compartían la crianza del hijo. Ella con su paciencia, él mandando dinero para los gastos del párvulo.
Quiso un día conocerlo, el chico ya tenía dos años. Mandó los pasajes en barco. Su amada no llegó, con el niño venía su abuela.
La semana que estuvieron en Corrientes fue muy feliz, disfrutó a su hijo, se ocupó de todo lo que necesitara y malcrió a su suegra con vestidos y zapatos.
El niño no le prestaba demasiada atención, pero una sonrisita o unas palabras emitidas por él, le bastaban para sentirse un buen padre. Definitivamente no lo era, pero dadas las circunstancias, había asumido el rol que la situación le permitía. Le gustaba sentirse padre. La noche antes de la despedida, presentó su vástago a sus amigos de la noche, muchos de ellos ni siquiera conocían su existencia, pero el hecho le valió brindis de todo tipo e incluso propuestas de las trabajadoras de la noche que ofrecían su cuerpo en función de “uno igualito”. La verdad es que era un lindo niño, los ojos claros como los de la madre, de un celeste tirando a verdoso, el pelo castaño y lacio, piel clara y no era gordo como la mayoría de los niños de dos años. Rodrigo recordaba que tampoco él lo había sido.
Despidió a su suegra y su hijo un domingo al mediodía, volvieron con muchos regalos y cartas, incluso le dio una guitarra al niño suponiendo que quisiera seguir el camino de su padre.
Esa noche tocó mejor que nunca y remató sus alegrías con unos revolcones eróticos con Paula, una chica de dieciséis años que hacía poco trabajaba de puta y le quedaban aún resabios de romanticismo y a la que le tuvo que exigir le cobrara pues, según ella, con él era por placer.
Al día siguiente acompañó a pescar a un par de amigos y se internaron Paraná arriba en busca de dorados gordos o algún cachorro de surubí de medida. Pasado el mediodía acamparon en la orilla y prepararon unos bagres a la parrilla.
Volvían a la tardecita los tres bastante envinados, habían pescado poco, no importaba.
Medio dormidos se dejaron llevar por la corriente, en la orilla se asomaban carpinchos y yacarés agradecidos de no ser disparados.
De pronto, un fuerte bocinazo los sobresaltó, poco podían hacer ya, el casco de un barco era todo lo que veían. Rodrigo pegó un grito, saltó al agua y nadó a toda la velocidad que el cuerpo borracho le permitía. Las piernas se le habían acalambrado y flotaba mientras el barco pasaba a su lado, sintió el ruido del bote bajo el casco, le tiraron un salvavidas. Subió al barco por una escalerita y en cuanto pisó firme se derrumbó.

Su padre le puso Marco Cap. 1


Marco le pusieron. No crean los buscadores de sentidos ocultos que se trató de una inspiración de sus padres, simplemente, días antes de su alumbramiento, un tornado arrasó las aberturas de la casa.
El día que nació, su papá había conseguido a muy bajo costo unos marcos de madera lustrada y fue tal la emoción que decidieron llamarlo Marco, convencidos que el niño traería buenaventura a la familia. Ilusos ellos.
Familia nómade desde su conformación. El padre de Marco, Rodrigo, era de origen brasilero, había nacido en Santa Catarina, en las afueras de Florianópolis. De pequeño se trasladó con su padre a Sao Paulo luego de que su madre optara por acurrucarse en brazos más protectores y billeteras más abultadas. Del destino de la abuela paterna de Marco poco se sabe, hubo un par de cartas con promesas de reencuentros, pero quedaron en la nada y los años se ocuparon del resto. En cambio el abuelo cumplió la función de padre hasta los catorce años de su hijo, momento en que se le ocurrió morirse de un infarto en un apasionado encuentro sexual con dos primas uruguayas que bien podrían haber evitado la tragedia de no haber exigido tanto. El orgullo de macho brasileño del abuelo fue sobrepasado por las exigencias seudo ninfomaníacas de las primas y en la tercera embestida, luego de dos mas que dignas actuaciones, quedó seco.
Dichas primas, tal vez por sentirse culpables del deceso, se ocuparon del muchacho y se lo llevaron a un pueblo llamado Carmelo, en Uruguay. En poco tiempo Rodrigo aprendió el idioma español a la perfección y con eso vinieron costumbres poco morales que incorporó de los trabajadores del puerto de la ciudad. A demás de guitarrero, se convirtió en un gran jugador de truco y siete y medio, lo llamaron tramposo alguna vez, yo prefiero creer que su suerte le llenó los bolsillos.
Esa misma suerte fue la que lo hizo huir una noche serena, sin ser visto. Recaló en el delta gigantesco que forman la desembocadura del río Paraná y el Uruguay en el Río de la Plata. Estaba en Argentina.
Desistió de instalarse en Buenos Aires, por lo que emprendió un viaje Paraná arriba en una chata cargada de materiales de construcción. El viaje se le volvió tedioso, por lo que agradeció a todos y descendió en las costas de Victoria, provincia de Entre Ríos. Tenía diecisiete años.
Quiso allí probar cosas nuevas y se buscó un trabajo. A los pocos días se encontró llenando bolsas de semillas en una cerealera, pagaban poco pero le daban una pieza y dos comidas diarias. Cuando cumplió dieciocho, armó una fiesta con sus nuevos amigos, se divirtió tanto que faltó a trabajar al siguiente día y por las dudas se tomó para sí el sábado pues había concretado un encuentro con una muchacha.
De más está decir que el lunes era un desocupado más de la lista, pero no le preocupaba demasiado. Tenía buen dinero en el bolsillo y ansias de seguir subiendo hacia el norte.
Cruzó en balsa hasta la ciudad de Rosario y en el puerto volvió a sentirse en casa. Con su guitarra tenía asegurada la comida y la bebida en los bares y gracias a su habilidad con las cartas sus vicios quedaban cubiertos. No eran tantos sus vicios; cigarrillos, prostitutas y revistas. Era un gran lector, a pesar de haber hecho la escuela a los ponchazos, manejaba bien el idioma e incluso escribía cartas muy bonitas, capacidad que supo aprovechar y vendió su arte a sus amigos del puerto, siempre enamorados de putas que nada hacían sin recibir el pago correspondiente.
Tanto le gustó el puerto de Rosario que lo retuvo cinco años. Con su oficio de guitarrero y su habilidad con los naipes logró una vida tranquila rodeado de buenos amigos y cariñosas mujeres. Logró cierta fama, incluso fue contratado por bares del centro y llegó a tocar y cantar en una radio. Pero el padre de Marco no buscaba el éxito, solo quería estar contento.
Durante el quinto año rosarino, se enamoró perdidamente. La chica en cuestión era la hija del dueño de un bar donde solía tocar. El padre, un italiano grandote y malhablado; la chica una quinceañera carnosa y educada que le regalaba sonrisas mientras servía las mesas.
La pasión se concretó en una lancha pesquera, concertó con su amada un horario y hacia allí fueron. Fue tal la entrega que pasados cinco meses de ese encuentro, la panza se notaba.
El tano estaba furioso y prometió matar al desgraciado entre “porca madonnas y masscalzonnes”
Quiso Rodrigo pedir la mano de su amada, pero la negativa fue rotunda y el tiro que casi le vuela la cabeza fue suficiente para decidir cambiar de ciudad.
Debió permanecer escondido hasta que zarpase el barco que lo llevara a algún lugar remoto, su suegro había jurado matarlo. Su tía le había avisado: “Ojo con los tanos, no los hagas enojar”.

septiembre 22, 2005

LA DESAPARICION DE LA HOJA EN BLANCO


Una hoja en blanco ya no es tal cosa, la tecnología la ha reemplazado por una mancha blanca en la pantalla rodeada de una cantidad de íconos (así se le dice a los dibujitos que al apretarlos cumplen una u otra función) que de saber utilizarlos con corrección, son capaces de embellecer la imagen del texto y corregir errores imperdonables en la ortografía y la gramática del autor.
En realidad no existe, la pura verdad es que se trata solo de una ilusión lumínica que nos hace creer que estamos trabajando con elementos palpables, pero estos son modificables en su totalidad. Pueden teñirse de todos los matices cromáticos posibles, las mayúsculas serán minúsculas con presionar el lugar correcto, la forma de la letra será definida por el usuario y, lo más grave de todo es que no quedarán registros de los errores cometidos. Me dirán que es posible imprimir el borrador y corregirlo a mano. Claro que es posible, pero ¿vale la pena? Con lo costoso de la tinta, un hombre de mi austeridad piensa dos veces antes de derrochar.
Los problemas de corrección que presenta el uso de ordenadores se basan en la confianza que pone el escritor en los subrayados verdes o rojos que surgen bajo las palabras o frases ante los errores ortográficos o sintácticos. ¿Y si quisiera escribir un texto con errores de forma deliberada? Podría hacerlo, pero mi psiquis debería luchar contra las mencionadas rayas de color bajo las palabras y por otro lado, la picara máquina en contadas ocasiones corrige palabras de manera automática y ese pequeño desliz arruinaría mi texto erróneo con una palabra correcta.
Días atrás, en un relato, el protagonista debía sortear un guardaganados, pero el programa me discutía que por tratarse de “un” debía colocar guardaganado, sin pluralizar el sustantivo. Lo cierto es que en ese momento dudé sobre quien tenía razón y me llevó tiempo decidirme. Pensaba que si bien se trataba de un elemento (guardaganado) si éste solo se erguía para detener un ganado de los muchos que andaban por ahí, de poco valdría. Me convencí de mis razones y con la ayuda del ratón la obligué a omitir la corrección. Pero no cedía, en cuanto retomaba el texto por unos minutos la línea verde bajo “un guardaganados” reaparecía poniéndome nervioso y obligándome a retomar la deliberación semántica. Ya era una guerra declarada, la máquina no entraba en razones y mi terquedad y mis dudas se incrementaban cada vez que la línea verde reaparecía.
¿A que me refiero cuando escribo ganado? ¿Decir ganado es lo mismo que decir rodeo?, cuando se enuncia ganado es imprescindible posponer el tipo al que nos referimos (ganado bovino, lanar, equino, etc.) y en consecuencia el singular denotaba un conjunto. Por ello me creí derrotado, pero luego medité sobre dicha construcción y concluí que estaba pensada para retener todo tipo de ganado, o sea “ganados”. Así las cosas, a pesar de mi inducción, no existía forma de hacerle entender a la computadora de mis razones y ella proseguía colocando la raya verde debajo de la frase.
Mi deseo era dejar la frase como yo la creía correcta, pero la raya verde me afectó de tal manera que finalicé cediendo a los ímpetus tecnológicos y mi protagonista sorteó una gran tranquera de madera.
Por eso es peligroso, si hubiera redactado a mano o a máquina el texto, su pureza habría sido real, pero el programa me impidió utilizar el “guardaganados” por lo que me vi obligado a cambiar una parte de la historia.
Tampoco es cuestión de despotricar contra la tecnología, en verdad ayuda y mucho. Si bien en esa oportunidad me hizo perder mucho tiempo, son más las veces que lo ahorra corrigiendo un error gramatical o brindando un sinónimo no encontrado en los confines del cerebro.
La tecnología de los procesadores de texto es maravillosa, pero hay que andar con pie de plomo, no vaya a pasarle lo que a mí. Lo más probable es que al desaparecer la hoja en blanco se haya perdido un poco la pureza de los escritos pero sin duda se ha ganado en tiempo y correcciones.
Cruz Saubidet

septiembre 15, 2005

ALLA EN EL NORTE DEL SUR


La sensación real de apunamiento la comenzó a sentir en Potosí, ciudad boliviana a cuatro mil doscientos metros de altura y de un color gris que invitaba a la depresión. Joaquín no tenía tiempo para deprimirse, estaba allí por su propia voluntad y con todos los gastos pagos. Pero no se sentía bien, la liviandad de sus pasos y el estómago revuelto lo obligaron a beberse una buena cantidad de mates de coca y tomar el cuarto de un hotel por las seis horas que restaban a la partida del ómnibus hacia Cochabamba.
Los días subsiguientes viajó a Cochabamba, a Oruro, a la Paz, de la Paz al Yungas y vuelta a La Paz, cruzó la cordillera a bordo de un avión Hércules que hacía de frigorífico y visitó campos increíbles.
Ya estaba cumplida la función de su viaje, le habían pagado para que recorriera Bolivia en busca de campos donde establecer un criadero de búfalos y había conocido muchos lugares interesantes, sacado fotos y concretado valores. Por conversaciones con productores se enteró de una exposición ganadera en Trinidad, en El Beni, al Noreste del país. Si bien no estaba en sus planes, le pareció un desperdicio estar tan cerca y no asistir. Averiguó las rutas posibles y todas representaban entre uno y dos días de viaje inseguro a través de zonas medianamente peligrosas, la única ruta segura implicaba ir a Santa Cruz de la Sierra y desde allí subir por la vía del este, pero serían tres días agotadores. Finalmente optó por tomar un avión desde La Paz a Trinidad, de esa manera el periplo sería de 50 minutos. En la Paz llovía y el frío hacía doler los huesos, una hora después estaba en medio de la selva tropical con 35 grados centígrados y un verde envolvente y húmedo que cubría todo. Bajó del avión en la pista desierta. Un señor de aspecto humilde le ofreció un taxi, aceptó concretando un valor bajo, pero el taxi en cuestión era una Honda de 100cm3 en la que se colocó tras el chofer. En quince minutos pararon en la puerta de un hotel donde Joaquín tomo la mejor habitación. El dormitorio estaba bien, no tenía TV, pero sí baño privado. La puerta daba a una galería que rodeaba un precioso jardín con un aljibe en el medio. La encargada del hotel le sugirió lugares para comer y Joaquín marchó a paso lento por las calles de la ciudad hasta desembocar en la plaza principal. Trinidad era una ciudad maravillosa, daba la sensación de estar en el siglo XIX, no solo por sus veredas techadas sino también por su gente silenciosa y con revólveres en la cintura. Luego del almuerzo tomó el mapa del lugar y buscó el sitio de la exposición. Quedaba retirado, a mas de cinco kilómetros. El mozo le sugirió que alquile una moto y así lo hizo. Montado en la Kawasaki GTO de 80cm3, se sentía feliz, recorrió la ciudad y finalmente se dirigió a la exposición. De tan humilde hasta parecía simpática. Unos pocos animales encerrados y feos, cuatro personas dando vueltas. Eso era todo, se preguntó: ¿cómo alguien tenía el coraje de hacer un panfleto promocionándola como “exposición ganadera de Beni”?. Solo una nota de color, el toro de tres cuernos, un espécimen cebú bastante feo, pero con un gran cuerno que surgía cual rinoceronte sobre su nariz.
En media hora recorrió lo poco que había y conversó con los cabañeros, fueron estos los que lo invitaron a la fiesta de la noche.
Volvió al hotel, durmió una corta siesta, se duchó y partió hacia la fiesta.
El predio estaba en penumbras, pero en una construcción cercana se escuchaba música. Hacia allí se dirigió. La fiesta no era gran cosa, un montón de mesas desparramadas en el terreno, unos tablones con caballetes formaban el bar y en la pista de baile un par de parejas se movían sin demasiado entusiasmo. Como era su costumbre, Joaquín se sentó a observar a la gente mientras se tomaba unas cervezas. El lugar se fue llenando, luego de una hora no quedaban mesas libres y la pista estaba abarrotada. Miró una rubiecita bastante linda y la sacó a bailar, fue lo único que pudo hacer, porque durante la canción no logró sacarle palabra, sin mediar despedidas volvió a la mesa, ahora ocupada por un par de señores. Amagó seguir de largo pero lo retuvieron los invasores invitándolo a sentarse con ellos. Se presentaron. José era del pueblo, le explicó a que se dedicaba pero Joaquín sacó la conclusión de que era medio atorrante; el otro era francés, Michel decía llamarse y andaba viajando solo por Latinoamérica. Había contratado a José de guía y este lo paseaba por la zona en su moto. El francés no hablaba bien español, pero se hacía entender, en realidad, luego de tres horas de cervezas a ninguno de los tres se le entendía demasiado lo que hablaba. La cabeza de Joaquín daba vueltas pero solo quería seguir tomando cerveza y hablando pavadas con sus amigos, estos actuaban de igual manera, por lo que de esa mesa solo salían risas y eructos potentes. A las cuatro de la mañana se apagó la música, pero los muchachos siguieron bebiendo durante media hora más, hasta que el bar cerró. Abrazados los tres y tambaleándose llegaron a las motos, el francés subió a la de José y Joaquín a la suya. No recordaba como volver por lo que debió seguir la otra moto. Al principio iban despacio, pero en cuanto el viento les despejó un poco la cabeza comenzaron a acelerar más de lo debido. Milagroso fue que llegaran sanos y salvos. En la puerta del hotel concretaron verse al día siguiente para ir de pesca. Joaquín durmió hasta la tardecita. Supuso que se había perdido la pesca pero no le importó demasiado, salió a comer al restaurante del día anterior y pasó el resto de la noche mirando TV sentado en una silla en el patio interno del hotel con la belleza del lugar y de la noche. Había un pasajero en el hotel que solo salía de a ratos y regresaba cargado de cigarrillos de rara procedencia, esa noche al regresar se sentó junto a Joaquín, no se dirigieron la palabra, solo compartieron un cigarrillo y luego se fueron a dormir.
Al día siguiente dio por finalizada su estadía en Trinidad, devolvió la moto y tomó un ómnibus hacia Santa Cruz, pero eso es otra historia.
CJS

septiembre 08, 2005

UN DOLORCITO DE MUELAS


El dentista estaba parado junto al paciente, este, con la boca abierta sostenida con una armazón de hierro lo miraba descorazonado desde la inferioridad en que la situación lo había colocado.
El dolor de muelas databa de tres meses pero se le había tornado incontrolable quince días atrás.
Se trataba de la anteúltima de abajo del sector derecho de la quijada, aunque cualquiera que lo hubiese visto los últimos tiempos se habría enterado sin palabras de por medio. La hinchazón se extendía desde la quijada hasta el comienzo de la oreja y asemejaba una pequeña anguila insertada por error dentro de la sufrida piel roja y peluda, puesto que el hombre dejó de afeitarse dos semanas atrás, cualquier contacto con la fiel infectada le generaba una especie de profundos y dolorosos pinchazos que se propagaban hacia el cuello y la nuca y le anulaban cualquier posibilidad de voluntad.
Noventa días atrás, mientras se lavaba los dientes, notó una pequeña molestia que supuso una herida en la encía. Esa contrariedad lo indujo a pasar de forma reiterativa su lengua sobre la supuesta lesión. Mas la herida no era tal, y fue durante el tercer día de fricciones linguales cuando notó que esa parte de la encía había quintuplicado su tamaño y comenzaba a dolerle. Tomó un mondadientes filoso entre los dedos y palpó la muela. Evaluó que el palillo ingresaba por una cavidad y, al llegar al fondo del hueco, le hizo lanzar un aullido de dolor. La zona le latía, y más aún cuando presionaba la hinchazón. Y tanto presionó que sintió una explosión en la boca, como si se vaciara un globo de agua. Hizo unos buches y escupió sangre y pus, pero la felicidad de no sentir ya el dolor ni los latidos le evitaron cualquier impresión sobre el asunto. Por las dudas se tomó dos aspirinas. La noche fue calma.
El siguiente día fue normal aunque no podía evitar pasar la lengua por la encía en incluso tocarla con sus dedos. La hinchazón fue creciendo nuevamente, a la noche ya estaba como el día anterior. Pero no fue lo mismo, en esta ocasión no fue posible explotarla puesto que le faltaba un poco de presión, quizás porque se había extendido hacia el otro lado de la boca. Viéndolo de manera práctica resultaba bastante cómodo, al estar la muela hinchada hacia ambos lados la operación consistía en presionar con el pulgar y el índice para provocar el estallido. No lo logró, con la operatoria solo consiguió más latidos y dolor. Ingirió dos aspirinas y se acostó, a la media hora el dolor lo mantenía sentado. Cuando dieron las dos de la mañana decidió buscar una farmacia que le vendiera algo bien fuerte. El despachante de turno le entregó un calmante enérgico y le recomendó que tome antibióticos para bajar la infección. Así lo hizo, aunque debió pasar más de una hora para que el primero hiciera efecto.
La noche del dolor agudo juró ir al dentista al día siguiente, pero como los remedios lo calmaron bastante dejó pasar una semana, y luego otra. La molestia persistía, pero la dominaba con calmantes varios, en especial pastillas para dolores menstruales. De vez en cuando la encía volvía a hincharse y él volvía a reventarla y volvía a tomar antibióticos que bajaban la infección.
Algo en su interior le impedía ver al especialista, tal vez suponía una pérdida irreparable a pesar que la muela en cuestión ya había perdido una parte dentro de un pedazo de carne y ahora no solo dolía sino que le pinchaba la lengua que no podía dejar de pasar por sus aristas.
Pasaron muchos días hasta las lágrimas. Fue una tardecita en el sillón de su casa. Tomaba una cerveza helada. Se llevó una rodaja de salamín a la boca y en el primer bocado sintió que algo reventaba. La punzada fue tan violenta que se le taparon los oídos, le latía el cuello, la mandíbula, la nuca y parte de la cabeza. A pesar de los esfuerzos y movimientos de cuello no se detenía, busco hielo y se lo puso sobre la cara, tomó dos calmantes de acción rápida, un antibiótico de 750mg. Nada, el dolor se mantenía impertérrito y nada lo combatía, entonces comparecieron las lagrimas cuan trueno después del rayo, brotaban sin parar y, como si fuera un milagro, fueron ellas las que bajaron el poder del sufrimiento.
Esa noche casi no durmió, la posición horizontal incrementaba el dolor y la vertical lo mantenía despierto. Durante el día estaba bien, pero a pesar de los remedios no conciliaba un sueño profundo. El dolor se tornó crónico e insoportable, así y todo no se decidía a cortar por los sano.
Ocurrió una mañana mientras se lavaba los dientes, durante el buche sintió un mareo y un sudor frío en la frente, debió agacharse junto al inodoro y lo arremetieron una serie de arcadas. Luego tomó un te, preocupado por el malestar. A media mañana llamó al médico y le comentó el asusto. El galeno le prohibió seguir tomando calmantes pues el hígado se había resentido y podría dañarse con tanto químico.
Esa misma tarde se presentó en el consultorio del odontólogo dispuesto a perder una parte suya. Se sentó en la silla y disfrutó de los pinchazos de la anestesia. La armazón en la boca le impedía cualquier manifestación, no importaba, mientras el sacamuelas escarbaba con fierritos lustrosos no paraba de contar historias, asegurándose un receptor sin escapatoria.

julio 26, 2005

¿HUMOR? QUE ES ESO


Desde mis diez años, la seriedad ha caracterizado el aspecto de mi cara y una mueca hacia abajo es el dibujo mas frecuente de mi boca.
A su vez, el humor ha sido mi herramienta predilecta y me ha sacado de más de un embrollo.
Entonces me pregunto: ¿Qué es el humor? ¿Qué lo diferencia de otros medios de comunicación?
No tengo demasiado claro el concepto aún, pero es sin duda la representación comunicativa más gratificante. Es probable que también sea la más difícil de todas, ya que es en el humor, donde el plagio queda a la vista con mayor facilidad. Creo que esa es la principal causa por lo que trato de evitar ese estilo literario. Es muy peligroso no caer en el error de imitar a alguien y una de las peores sensaciones que puede tener alguien que escribe es el comentario: Tenés el estilo de tal o ese chiste lo usó tal otro.
El problema en cuestión es que el humor es inevitable, está a flor de piel y salta de las formas más extrañas.
Las charlas en general poseen al humor como separador entre conceptos, como respiro impostergable ante tanta seriedad.
Los amigos necesitan del humor pues es la reafirmación de lo bien que lo pasa el uno con el otro.
Los romances abusan del humor en sus comienzos y este se agranda o se achica a la par de la pasión.
Los padres lo utilizan con sus hijos por simple egoísmo, ya que la risa que nos regalan luego de un chiste o unas cosquillas nos llenan el espíritu de felicidad.
Los profesores lo usan como un medio de acercamiento, aunque no siempre da buenos resultados.
Los gobernantes lo utilizan pero no siempre entendemos la gracia, ellos se ve que sí, ya que se ríen a carcajadas.
No tengo que aclarar que el humor está en todos los conceptos de la vida y que el de calidad está muy emparentado con la inteligencia. El humor debe ser rápido, debe calzar como una ficha de rompecabezas en ciertos casos y en otros debe descolocar al interlocutor, dejarlo tecleando como si se le hubiera caído un piano en la cabeza.
El humor debe ser maleable de acuerdo al interlocutor, el que lo utiliza debe poder diferenciar hasta que punto el chiste se transforma en agresión, como así también en que momento nos deja como tontos
Otro tema que me ha desvelado es la personalización del humor. De alguna manera, una situación o entorno determinada puede generar elementos sutiles, pero estos pierden toda su gracia sacándolos de ahí.
Por eso señores, debo aclarar que todo lo que dije no sirve para nada pues la única realidad del humor es la sonrisa que despierta en los demás, por lo tanto, por más que me esfuerce en catalogarlo una de las cosas que quiero en esta vida es “cagarme de risa”.

julio 20, 2005

TODOS ESTAMOS EN LA MISMA


Publicado en el Nuevo Cojo Ilustrado (www.elnuevocojo.com)

El mundo parece más chico

Las cosas se agrandan y se achican, en general no podemos apreciar la transición porque estamos haciendo otra cosa.
Las cosas crecen y disminuyen de acuerdo a los ojos que las observan, y no se trata de ojos diferentes, en general es el propio ojo el que mira distinto. ¿Será que el tiempo envejece la vista? ¿Será que no-solo el cuerpo se hecha a perder? ¿Será que me pongo a pensar huevadas?
Recuerdo que hace mas de 13 años andaba errante por Bolivia, de norte a sur y de este a oeste observando todo. ¡Que grande era el mundo! ¡Que lejos que estaba todo en distancia y tiempo! Porque la lejanía muchas veces la decide el tiempo, ¡me lo van a negar! Todo el mundo dice Tiempos lejanos y lo dice bien. Consciente creé que está cometiendo un error gramatical imperdonable, pero tiene razón. El tiempo es distancia y casi nunca el maldito, permite volver sobre los pasos.
El mundo era gigante en Bolivia, todo estaba lejos y atrasado, la gente misma vivía en una realidad acorde al tiempo de su país.
Desde allá, Buenos Aires daba la sensación de súper potencia cultural-intelectual-tecnológica, eso me hacía sentir bien aunque no me servía de nada.
Cuando años después me instalé en Buenos Aires el mundo se me achicó un poco, al fin de cuentas vivía en el ombligo del país, incluso suponía que estaba en la cumbre de Latinoamérica. Con el tiempo, luego de conocer Río de Janeiro y San Pablo, comprendí que mi concepción del mundo estaba un poco trastocada, así y todo me encontraba en un sitio que para millones de personas significaba la meca de civilización.
Luego de mucho tiempo, el destino me colocó en la gran ciudad de Nueva York y digo gran ciudad no por el tamaño (es más chica que Buenos Aires) si no por lo que significa este lugar.
Ahora sí estoy en el ombligo del mundo y ahora sí todo es más pequeño.
Por esta parte del mundo se condensan y concentran todos los dineros y todas las culturas de la tierra, no exagero e incluso tratar de explicar lo que es Nueva York sería imposible sin caer en errores garrafales. ¿Cómo no voy a ver todo más pequeño?
A pesar de que la empatía siempre fue mi punto débil, viviendo entre tanta gente con historias tan dispares e interesantes, se me fue potenciando poco a poco.
Mi amigo Emin, que llegó hace tres años de Alejandría en Egipto huyendo vaya a saber de qué, trabaja en una panadería por las noches y durante el día muchas veces no puede dormir por el ruido de la calle, pero vive mejor que allá y pudo traer a su mujer y su hijo hace un año.
Aminin, se vino de Marruecos luego de casarse con un casi desconocido que le había enviado el currículo a su padre solicitándole la hija, dice que está muy feliz, pero que mataría a su marido si se le ocurriese buscar una segunda esposa tal como la ley del Corán le permite.
Awan llegó hace un año y medio de Nepal a vivir con su hermano, debió aprender un nuevo alfabeto e idioma, cuenta que en su aldea no había autos ni motores de ningún tipo y el primer avión que vio en su vida fue el que lo trajo aquí.
Jonas quedó viudo hace cuatro años en Lituania, es ingeniero y estudioso de la geografía, su hija lo convenció a vivir con ella y se vino a recibir el amor de los nietos que le hicieron descubrir la Internet, con la comparte gran cantidad de horas.
María perdió a sus hijos al separarse de su marido americano, su estatus de mexicana le jugó en contra en el juicio y ahora puede verlos una vez al mes, para colmo de males viven en Carolina del Norte, bastante lejos de New York.
Daisy vivía muy bien en Nicaragua, pero el gobierno de Ortega le confiscó todos los bienes y huyó junto a su marido dejando todo a reencontrarse con sus hijos que estudiaban aquí. Nunca quiso volver.
Vasilika, con 15 años, llegó a la ciudad luego de perder a su familia en Albania, la recibió una tía. Dice que se aburre mucho y que no encuentra amigos.
Mujta llegó de Pakistán luego de los atentados de las torres, contra las costumbres familiares, se desprendió de túnicas musulmanas y anda de civil por la vida, piensa en casarse con un americano algún día.
Taslima fue a casarse a su Bangladesh y regresó cargada de túnicas, sus nuevas ropas coloridas la hacen feliz, son muy bonitas a diferencia de las árabes.
Andrea llegó hace siete años de su Quilmes natal, en Argentina, se quedó como ilegal y se casó con un mejicano, trabaja en una panadería y tiene una hija, lo único malo es que tiene que vivir con su suegra y que si viaja a Argentina ya no podrá regresar a USA.
Jorge lleva 5 años de ilegal en Nueva York, en México dejó a su mujer embarazada y a sus hijas de 5 y 11 años. Allá arreglaba máquinas de coser pero no alcanzaba, trabajó duro y mandó religiosamente el giro mes a mes. Hace dos años tuvo un accidente laboral que lo mandó varios meses al hospital, la compañía de seguros siguió pagándole el sueldo hasta hace un mes, momento en que comenzó el juicio, espera ganarlo y hacerse de un dinero con el que volver a su país.

Como verán, cuando hablábamos de crisol de razas en Argentina o en otros países latinoamericanos resultaba un poco exagerado, es aquí donde realmente se concentra el mundo, lo expuesto fue una muestra pero los casos son infinitos y todos tienen sus historias con más o menos dolor y nostalgia.
Todos los países del mundo tienen aquí su representación y algunos hasta sus barrios o zonas.
El mundo parece más chico, está representado en las calles de la ciudad, en las ropas, en los idiomas, en los colores de piel y hasta en las diferentes formas de andar. En esta ciudad, si en Manila, el equipo nacional de Filipinas gana la copa de pesca en bote de 5hp, de seguro sonarán algunas bocinas y se verán banderas de ese país en varias ventanas.

Por eso aquí es tan fácil la empatía, la mitad de la población está desarraigada igual que uno, y eso ayuda a no sentirse tan solo por un lado y por otro a fortalecer algunos ideales rezagados por la realidad de nuestros países.

Cruz Saubidet
Junio 20, 2005