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marzo 28, 2018

Un perro en el camino

Hace muchos años, en uno de mis veranos indigentes pero felices en el sur de Argentina, conseguí un lugar para dormir en una tapera cerca de un arroyo. Era más que nada un techo protector sujetado por unos trocos finos que dejaban pasar el frío y la luz de la noche de tormenta. Noche medio inquietante, silenciosa y desprotegida. Alrededor de la medianoche unos ojos se posaron en la entrada, ojos brillantes y aterradores. Acto reflejo agarré mi cuchillo y esperé su primer movimiento. Los ojos no se movieron por veinte minutos, yo tampoco hasta que un relámpago dejó al descubierto la calidad de perro de mi visitante. Nos hicimos amigos y me siguió durante cuatro días en mis paseos andinos. 

Después nos abandonamos, pero quedé en deuda y luego de veintipico de años decidí escribirle un cuentito. Su camino había sido dilatado, venía del norte quiero creer. Sin saber la razón, alguna fuerza desconocida lo incitó a correr. Mucho tiempo de ello, tal vez pasaron años.
Por algunas semanas su instinto le hubiera permitido el regreso pero no, esa fuerza oculta e inexplicable lo obligaba a seguir, siempre adelante. Unos días luego de su huida, recayó en un pueblito. Una gran ruta siempre transitada. Sin pedirlo siquiera, le dieron algo de comer en la puerta de un bar, no mucho, unos pedazos de carne cocida y bastante negra, comerlos le dio sed, salió corriendo y cruzó la ruta. Un estruendoso sonido agudo casi lo paraliza, saltó y en ese mismo instante vio una gran sombra que lo cubría. Ya podía estar inmóvil, temblaba quieto al costado del camino. Siguió su rumbo esa misma tarde, esquivando las rutas grises y buscando senderos terrosos que prometían mayor seguridad. ¿Dónde iba? No era una pregunta que se hacía. ¿Qué buscaba? Nada más que sosegar el instinto que lo regía, a veces contra su voluntad.
Durante meses caminó por caminos de tierra, varias veces estuvo tentado a asentarse en lugares donde era bien recibido y la comida no faltaba. En este país la comida no faltaría nunca, si no es en un plato, será cazada de una zanja en forma de cuis o perseguida en campos como liebre, perdiz, mulita, etc.
Pero su instinto lo condicionaba al ruedo de caminos, debía seguir. Los campos verdes y las estaciones transformaban el paisaje. Cruzó ríos por puentes o a nado, vagó por campos desérticos, por montes cerrados y por trigales brillantes.
Llegó el momento que su olfato ya no recordaba su procedencia, incluso su nómada vida no le permitía atesorar demasiados olores. Estos cambiaban día a día, mes a mes, año tras año.
 Los campos se habían tornado áridos, el clima ventoso y la caza complicada, no por falta de habilidad sino por la escasez de presas. Por eso, luego de casi dos años de caminar hacia el sur, cambió su rumbo hacia el poniente. Más de un mes hubo de seguir ese periplo para que la situación mejorase. Había adelgazado bastante y se tornaba difícil procurarse agua. A duras penas la conseguía y llegó a comer serpientes y bichos que no conocía.
Vio el lago de lejos y corrió a su encuentro, no esperaba tal frescura del agua, salió temblando de frío, el calor del sol volvió a templarlo. A su alrededor todo era verde, los árboles altos con sus ramas lejanas no dejaban de asombrarlo. Se acercó a una casa, afuera, bastante gente sentada comía sin prestarle atención. Un hombre lo observaba, lo vio flaco y le ofreció alimento. No se movió de su lado hasta quedar saciado. El hombre se levantó, saludó a sus condiscípulos, se dirigió hacia una camioneta y lo llamó. No entendió el llamado, los años lo volvieron parco. Volvió el hombre a llamarlo y él se acercó. Lo invitó a subir a la camioneta, de un salto trepó a la caja. El camino era extraño, la tierra y las piedras se elevaban y descendían abruptamente. Se durmió.
Despertó en una ciudad, las calles eran azules o grises. Llegaron a una casa. El hombre descendió y caminó hacia la entrada. Dudaba de bajar, no lo hizo hasta que el amigo se perdió tras la puerta. Bajo la camioneta el pasto era agradable. Era de noche. No tenía hambre ni sed. Se durmió.
Despertó antes que el Sol se asomara, caminó por el barrio, todo era silencio. Escuchó que lo llamaban, corrió hasta la camioneta y trepó otra vez, el hombre le dio algo de comida. El viaje fue largo y lo irregular del terreno lo volvía monótono. Era mediodía, llegaron a un sitio campestre. Salió un hombre de una vivienda y saludó al conductor con amabilidad. Bajó de la camioneta y se acercó a una de las construcciones. Un gruñido lo puso alerta. El perro ovejero lo miraba con desconfianza y emitió un ladrido. Era grande el enemigo. Corrió hacia la loma. El ovejero se aburrió de perseguirlo pero él siguió la carrera. Desde la altura observó el pasto que brillaba y a lo lejos una mancha negra.
No le gustó y caminó hacia su derecha. La sed lo llevó hasta un arroyo, tomó agua y siguió caminando por la orilla. El suelo se hacía pedregoso y encontró una tapera. Allí pasó la primera noche. Sus necesidades estaban cubiertas, consiguió algunas presas y había buena agua. Era el momento del reposo. Decidió asentarse, le gustó el lugar.
 Observó que alguien se acercaba. Entró a su casa. Esperaba que se fuera pronto, no sucedía. Llegó la noche, la persona prendió fuego. Percibió que el pájaro con el que convivía seguía adentro, decidió imitarlo. Se acercó a la entrada con sigilo. Apreció el temor del invasor, sabía que por miedo se pueden hacer locuras, así que no se acercó. Pasaron unos minutos y el hombre lo llamó, desconfiaba, a pesar de ello avanzó sigiloso. Ante el segundo llamado se puso a su lado. El hombre ya no le tenía miedo y le tocaba la cabeza. No recordaba cómo eran las caricias, gruñó sin pensarlo. Le gustaron, quería más, el hombre lo percibió y volvió a tocar su cabeza. Se sentía bien, ya no temía y apoyó su cabeza en los pies de su nuevo amigo.
Cruz J. Saubidet®

junio 20, 2007

De un lugar a otro

-Esta mina me va a traer problemas- dijo Julián mientras ponía en marcha la cafetera del estudio.
-¿Vas a negar que está buenísima?- Contesté al tiempo que abría la cajita con facturas que cada mañana comíamos como un ritual antes de empezar a trabajar.
-Buena está, y es muy capaz en su trabajo, pero... no sé, tengo un rara sensación que ojalá se me pase pronto.
-Vos tenes miedo, cuando tu mujer conozca a la persona que contratamos para suplantarme se te va a armar fiera.
-Eso por un lado, pero es manejable, bueno, no me des bola, vamos a laburar que te queda poco tiempo.
-¿Seguro que querés que sigamos socios aunque me vaya?
-Si boludo, seguro, aparte no tengo la guita para comprar tu parte.
-Si querés te la presto, ja, sería como prestarme plata a mí, dejá nomás.
-Por otro lado estoy seguro que volvés en menos de un año.

-Esas cosas no tendrían que decir los amigos.
-Es que no entiendo por que mierda se te metió en la cabeza irte.
-¿Te acordás cuando te casaste? Yo tampoco entendí eso.
-No es lo mismo.
-Imaginate que me caso y me voy de luna de miel, el avión se cae y quedo varado en una isla tipo “Lost” pero con buena gente e Internet.
-Está bien, al fin de cuentas no vas a modificar la decisión.
-De ninguna manera, el jueves a la tarde me despido y me tomo el avión.
-Te voy a extrañar loco.
-Yo también, pero te dejo en buenas manos, Lucrecia va a saber ocupar su lugar acá.
-Lucrecia me va a traer problemas.
-Por lo menos está buenísima.
-Por lo menos eso, si me trae problemas al menos van a estar buenos.
Hace tres años que no veo a Julián, hace dos compró mi parte del estudio. Nos comunicamos cada vez menos. Lucrecia le trajo problemas, viven juntos en un departamento en Las Cañitas.
Yo sigo a las vueltas, abandonando socios por el mundo, el jueves sale mi avión, me voy a Sudáfrica, a Capetown, dicen que el clima es parecido al de Buenos Aires.

Cruz Saubidet®
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septiembre 06, 2006

Argentina desde afuera Vol.1


-Tiene el tema de Raphael que canta “La Nueva Luna”, ¡Está buenísimo! Me lo voy a comprar, hace como un año que no me compro nada.
-¿Arreglaste el equipo de música?
-No tuvo arreglo. Pero la Nancy, mi cuñada, sacó uno en cuotas y lo voy a escuchar en su casa.
-¿No estabas peleada con la Nancy?
-Si, pero mas o menos nos amigamos, cuando me salió a defender de Rubén que me quería pegar.
-¡Otra vez!
-Es que se puso loco cuando el equipo no andaba y yo compré el lavarropas en lugar del equipo nuevo. Lo que pasa es que yo no tengo tiempo, estoy todo el día de casa en casa limpiando y él no sabe lavar ni una media, para colmo hace como tres meses que no consigue nada. ¡Todo el día en la casa y se pone loco! ¡Ni para cerveza tiene!
-¿Compraste lavarropas?
-Sí, 60 pesos por mes, un año. De contado salía 375, pero ¿de donde saco esa plata?
-Es cierto, nosotros compramos un ropero grande. Medio hecho mierda pero firme, nos salió 500 pesos, 5 cuotas de 100. Pudimos porque el mes pasado terminamos de pagar la tele.
-A nosotros no nos da para pagar 100 de cuota, apenas podemos pagar los 60, por suerte a los chicos les dan de comer el la escuela.
-¿Sigue la Mabel de cocinera?
-Si, no se va más, y la quiere mucho la directora, porque si es por como cocina ya no tendría más trabajo.
-Pobre Mabel, con todos esos chicos y el Miguel que se fue a la mierda, ¿cuánto hace ya?
-Y...el Mati tiene 2 y era recién nacido cuando se fue el Miguel. Decí que tiene el plan y el sueldito de la escuela, de no, estarían cagados de hambre.
-¿Y Rubén no consiguió el plan?
-El puntero no se lo quiere dar, viste que están peleados hace como cinco años. Para colmo Rubén no lo quiere a Kirchner y lo anda diciendo por todos lados, ya está quemado en el barrio.
-¿Y a vos no te lo dan?
-No, porque no soy argentina, acordate que nací en Paraguay. Para colmo papi nunca me hizo bien los documentos. Me parece que ahora no soy ni paraguaya ni argentina. No existo, jajaja!
-Andá a hablar con la concejala, capaz que te arregla los papeles.
-¿Cuándo querés que vaya? Si trabajo todas las mañanas y los políticos a la tarde no te dan bola.
-Che Rosita, ahí viene el del disco.
-¿A cuanto?
-Tres pesos.
Rosita abrió su monedero y sacó tres monedas, pagó.
El tren se acercaba a la estación San Isidro, las dos mujeres se pararon y bajaron. Yo estaba sentado en el asiento enfrentado al de ellas, solo las escuché atentamente y me llené de tristeza. No superaban los 25 años, a pesar que sus cuerpos denotaban mucho más, estaban condenadas a una realidad incómoda y dura.
Me pregunté muchas cosas, yo había visto al país mucho mejor que tres años atrás, pero descubrí que todavía faltaba tiempo para que las capas mas rezagadas de la sociedad comenzaran a percibir los efectos de mejoría de las clases medias.
La lógica lo dice, para distribuir es necesario incrementar las ganancias y los ingresos, pero no siempre se distribuye directamente proporcional a la mejoría propia. Suele primar el egoísmo y muchas veces una ley debe imponer aumentos salariales que deberían surgir de manera espontánea.
Queda mucho por contar, mi viaje fue largo e intenso.
Cruz Joaquín Saubidet