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abril 24, 2006

Anecdotario de un Nombre


Una gran amiga de la adolescencia carga con un karma ineludible: su nombre.
Se llama Gabriela Dolores Fuertes. Siempre firmó Gabriela D. Fuertes, aunque sus amigos íntimos siempre la llamábamos Dolores, o Loli cuando estaba triste.
Nunca le gustó llamarse Dolores Fuertes, eso incitaba a los espíritus jocosos a burlarse de miles de formas distintas.
Cuando dejé de verla, su complejo había menguado y hasta se reía de sí misma ante chistes acerca de sus motes.
Como decía, dejé de verla por varios años, y en el 2001 nos encontramos en una reunión que organizó el Loco (amigo que hace honor a su nombre) para juntar a las amistades diseminadas por el planeta.
La fiesta estuvo linda, el antiguo club del colegio fue el lugar elegido y comimos y bebimos hasta entrado el día siguiente.
En esas reuniones son tantos los reencuentros que quedan miles de temas pendientes con cada amigo y uno cuenta miles de veces, a grandes rasgos, lo que fue su vida durante más de diez años.
El Chiqui se había casado un par de veces, Luciana era una abogada respetada en Mendoza, Luis estaba haciendo mucho dinero con la venta de caballos, Julieta seguía preciosa y soltera, Pepe tenía una agencia de publicidad, Julio había engendrado tres hijos, Marina había pasado seis años entre Paris y Barcelona, Matías estaba viviendo en Playa del Carmen enseñando windsurf, Rolo seguía mujeriego, incluso su novia tenía 20 añitos, etc. etc.
Muchos continuaban viviendo en la ciudad, otros vivían fuera, en el campo, en ciudades de Argentina o en el exterior. La reunión fue animada, tocamos la guitarra y como buenos santafesinos tomamos dos barriles de cerveza de 50 litros.
A las cinco de la mañana, y bastante ebrio, me senté junto a Dolores a mirar despuntar el domingo, que significaba despedida.
-Dolorcita de mi corazón, me podés decir por que mierda hace tantos años que no nos vemos.
-Siempre y cuando me cuentes por que mierda no apareciste más por Santa Fe desde el 91.
-Vine algunas veces, pero vos estabas en Rosario estudiando y nunca coincidimos.
-Que le vamos a hacer “Crucificado”, no echemos culpas que las cosas fueron como fueron.
-Es verdad Dolores, ¿Te recibiste de Bióloga?
-Sí, hace bastante, trabajo en un centro experimental. Lindo trabajo, no pagan mucho pero me alcanza. ¿Y vos?
Le conté los puntos fundamentales de mis últimos años mientras Chupi repartía vasos de cerveza para los pocos que estábamos aun despiertos.
-¿Y el amor? Pregunté como al pasar.
-Bien, sigo soltera aunque estoy de novia. Me enteré que te casaste.
-Ajá, hace un tiempo, tengo una hija.
-Que bien, felicitaciones. Yo casi me caso, pero suspendí todo un tiempo antes del casorio.
-¿Qué pasó?
-Pensé que lo había superado, pero no pude. A pesar de años de terapia, de incrementar mi autoestima, de valerme por mí misma, no pude.
-¿De que hablás?
-De tema de mi nombre, no es fácil llamarse Dolores Fuertes, vos sabés bien de que manera me afectaban las bromas.
-Si, pero hace muchos años de eso, lo que no puedo comprender es que tiene que ver el nombre con el casamiento.
-Me estaba por casar con Ricardito Cabeza.
-Buen tipo era, ¿que se habrá hecho? ¿Por qué suspendiste el casamiento?
-Por mi nombre, estaba segura de no poder superar el pasar a llamarme “Dolores Fuertes de Cabeza”.
-Tenés razón, Ricardito es buen tipo, pero quien lo manda a tener ese apellido.
Seguimos charlando, a medida que avanzaba el día se sumaba gente a nuestra ronda y nos despedimos cuando los primeros socios del club llegaban para hacer deportes.
Con Dolores nos escribimos e’mails de vez en cuando. Hace un tiempo salía con Marcelo Cuello, pero desistió.
Cruz Joaquín Saubidet®