mayo 18, 2007

Anecdotario de un tipo prolijo.

Luis Bienvenido Paniagua debe ser el hombre más fuerte que he conocido. Su aspecto no denotaba fortaleza, pero bajo sus kilos de más escondía unos músculos capaces de voltear una vaca tomándola de la cola o empujar, solo, una camioneta F100 en un camino embarrado.
Sin embargo, Lupino como lo llamábamos casi todos, o “pan mojado” como le decían algunos “toma pelos”, poseía un carácter admirable. De hablar pausado y mirada seria jamás levantaba la voz y casi siempre anteponía un “discupame que te pregunte” antes de preguntar. Ya lo nombré al pasar en otra historia, pero merece un capítulo aparte.
Creo que fuimos amigos durante la adolescencia aunque nuestros caminos se cruzaron y perdieron varias veces.
Lupino no empezó el colegio secundario porque para su familia terminar séptimo grado era de por sí un logro meritorio, y esto, acompañado del tamaño que ostentaba lo colocaban en una posición propicia para el trabajo de campo.
Jamás se quejó de eso, cuando tenía doce años murió su madre de mal de chagas y por más que su abuelo y tíos ofrecieron mantenerlos a él y sus tres hermanas menores, consideró que un sueldo extra iba venir bien a la economía familiar, ya que su padre había muerto un par de años antes.
Así fue creciendo, ayudando al alambrador, al molinero, en las yerras, en los trabajos de hacienda y hachando leña; hasta que a los dieciséis años se ganó la confianza del capataz y consiguió trabajo fijo bajo su ala.
Entre sus cualidades, poseía un miembro viril de magnitudes considerables y que exhibía orgulloso a quien lo solicitara. Muchas veces las esposas de sus compañeros de trabajo cedían ante la intriga y Lupino jamás se negaba a brindarles un momento agradable. El capataz se divertía con eso y no dudaba en darle media hora de permiso si era llamado por alguna señora momentáneamente sola en la casa.
Así pasaron los años de trabajo duro pero entretenidos de a ratos.
Lupino no era un hombre conformista, quería probar otras vidas y un día partió al pueblo en busca de trabajo. Recaló en Rafaela, donde se empleó en un frigorífico y al año era encargado de depósito; porque además de fuerte era organizado y prolijo y sus planillas siempre estaban impecables.
Por ese tiempo me lo encontré en una jineteada, yo manejaba la administración de la estancia y al pasar le dije que sería bueno su regreso. Parecía que esperaba esas palabras, porque un mes después volvió a las órdenes del viejo capataz.
Al año siguiente le entraron ganas de hacer familia, pero no encontraba chica en la zona que colmara sus expectativas. La mayoría eran muy brutas, o muy putas, o muy sucias y por eso él prefería las casadas.
Hasta que descubrió a “la Tana”. Digo la descubrió porque siempre había estado ahí, viviendo con su familia en un rancho emplazado sobre una calle muerta a pocos kilómetros de la estancia. La Tana era flaca, andaba siempre sucia y su timidez la dejaba muda ante la presencia de extraños. Pero Lupino vio algo en ella y poco a poco decidió conquistarla, porque detrás esa capa de mugre y abandono había unos ojos preciosos e inteligentes.
Luego de un año de visitas eran novios. Lo que Lupino no soportaba era la suciedad que la rodeaba, su falta de aseo y sus pelos revueltos, entonces la llevó al pueblo, le compró ropa, zapatos y un tratamiento de belleza que acomodó sus pelos desteñidos por la mala alimentación. Le compró desodorantes y perfumes y hasta un par de aros y un collar haciendo juego.
Esa noche, viendo a su novia como nunca la había visto, no pudo evitar engendrar el primer Lupinito de los tres que vendrían con el tiempo.
Desde esa noche no pudo soportar que su novia viviera en ese rancho, así que renunció al trabajo y volvió a Rafaela con su mujer.
Me enteré de su vida por comentarios de los tíos, trabajó un tiempo en el frigorífico pero luego se instaló en un tambo cerca de la ciudad. Trabajó mucho y consiguió un buen pasar económico.
El año pasado los vi, él sigue igual y está contento; la Tana es otra persona, una mujer preciosa y bien arreglada, hasta su forma de hablar ha cambiado. Los tres lupinitos son más claros que el padre aunque mantienen la redondez de la cara y los ojos brillantes e inteligentes.

Cruz J. Saubidet®

3 comentarios:

Consuelo dijo...

Esta anecdota me ha parecido encantadora, lei cariño y respeto¡¡
Saludos

Principe Mestizo dijo...

bien por rufino en nos ser confomista, me gusto mucho tus letras, saludos

Ella dijo...

Me encanta tu forma de expresarte, la cadencia y esos tonos y palabras que distinguen ambos lados del charco. Se me hizo amena la historia, fascinada como estaba por tu juego lingüistico. Fue un placer leerte.
Un saludo literario.